Crítica a la
exposición de Manuel Vilariño, por Marta Páramo Soto.
Donde los blancos y
los negros, las miradas perdidas y vacías pero a su vez con tanto contenido, donde
el rojo color de los lechos de especias y animales yacentes…entre las paredes
del edificio de la tabacalera en el que el tiempo pasa dejando su huella,
siendo escenario propicio para exponer en imágenes el sabor amargo de esa
realidad que es la muerte.
Vilariño nos congela
frente a la mirada de animales inertes que parecen interpelarnos, parecen leer en lo más profundo de nosotros,
capaces de mantener un diálogo, preguntan, respondemos… es en realidad un monólogo
interior con ese animal que todos tenemos escondido. Es además un estudio de la
mirada, la mirada de los animales y la nuestra.
El choque entre los
grises apagados y el color del pimentón, la cúrcuma, signo de resurrección,
como lecho de muerte, los animales, tan… naturales, en contraste con esas herramientas
herrumbrosas y artificiales. Fotografías borrosas y desenfocadas que en
ocasiones tienen más que decir que aquellas nítidas y claras, que dan a
entender pero que a su vez dejan a
interpretar. Todo un conjunto de apariencia tan ajena, composiciones a simple
vista tan desconocidas y lejanas a nosotros que, tras una mirada de profunda
reflexión, se descubren como aquello que es nuestra realidad: un divagar entre
sombras, entre el hombre y el animal, entre la vida y la muerte, el mundo
exterior, tan grande y abierto como ese mar de Vilariño y un mundo interior
montañoso, sombrío, en ocasiones en penumbra y desconocido, difícil de
conquistar, pero real. Toda una colección de imágenes donde el dolor de la pérdida,
la muerte, la nostalgia pasan dejando su beso amargo.
Aunque la retrospectiva no recoge toda su
producción fotográfica, como la serie de los icebergs o las mujeres desnudas,
aúna las principales características de su línea, animales, miradas, paisajes,
vanitas, … y ante todo prueba, una vez más,
que cada artista expresa a través de su obra sus obsesiones. Así el fotógrafo
capta, una tras otra, representaciones de la muerte sin tapujos, es esa
calavera, esa vela, fuego que nos ilumina y a su vez nos consume dejando solo
cuerpos inertes. Un recorrido por la obra de Vilariño y también por cada una de
nuestras vidas. Vida que transcurre para el artista sobre un colchón de seda de
caballo, fiel testigo de su pérdida.
"La pintura es poesía
muda; la poesía pintura ciega", así era para Da Vinci y así parece ser,
salvando las distancias entre pintura y fotografía, para nuestro artista, quien
intercala entre imágenes sus poemas, cantos llenos de lirismo a la vida que se
va y también a aquella que se queda, recuerdos de una ausencia, desbordantes de
esa belleza melancólica que impregna toda la exposición.
Animales disecados,
sin vida, sin color, lechos de muerte, restos de una tradición religiosa
patentes en escapularios y cruces, esqueletos ahorcados, paisajes de una
naturaleza embravecida que nos sobrepasa y puede que incluso asuste, lo último
esperado después de esta secuencia es un video en el que el propio Manuel Vilariño
planta una acebo, una nueva vida, transmite un mensaje: incluso el, habiendo
encontrado su vida "en ruinas al despertar", tiene esperanza.
Posiblemente entrar allí con el único afán de
disfrutar de la belleza de su exposición fotográfica seria un gran error, pues
realmente, sin entender su simbología, quien disfruta ante una montaña de
cúrcuma y la tabla de los Bwa en un ambiente que puede calificarse de tétrico y
sepulcral? Y ahora, tras desvelar todo aquello que esconde Manuel Vilariño,
quien no daría lo que fuera por admirar una vez más su obra?
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