miércoles, 25 de septiembre de 2013

UNA MIRADA ANSIOSA DE COLOR Al ABISMO CONGELADO



Crítica a la exposición de Manuel Vilariño, por Marta Páramo Soto.
Donde los blancos y los negros, las miradas perdidas y vacías pero a su vez con tanto contenido, donde el rojo color de los lechos de especias y animales yacentes…entre las paredes del edificio de la tabacalera en el que el tiempo pasa dejando su huella, siendo escenario propicio para exponer en imágenes el sabor amargo de esa realidad que es la muerte.
Vilariño nos congela frente a la mirada de animales inertes que parecen interpelarnos,  parecen leer en lo más profundo de nosotros, capaces de mantener un diálogo, preguntan, respondemos… es en realidad un monólogo interior con ese animal que todos tenemos escondido. Es además un estudio de la mirada, la mirada de los animales y la nuestra.
El choque entre los grises apagados y el color del pimentón, la cúrcuma, signo de resurrección, como lecho de muerte, los animales, tan… naturales, en contraste con esas herramientas herrumbrosas y artificiales. Fotografías borrosas y desenfocadas que en ocasiones tienen más que decir que aquellas nítidas y claras, que dan a entender  pero que a su vez dejan a interpretar. Todo un conjunto de apariencia tan ajena, composiciones a simple vista tan desconocidas y lejanas a nosotros que, tras una mirada de profunda reflexión, se descubren como aquello que es nuestra realidad: un divagar entre sombras, entre el hombre y el animal, entre la vida y la muerte, el mundo exterior, tan grande y abierto como ese mar de Vilariño y un mundo interior montañoso, sombrío, en ocasiones en penumbra y desconocido, difícil de conquistar, pero real. Toda una colección de imágenes donde el dolor de la pérdida, la muerte, la nostalgia pasan dejando su beso amargo.
 Aunque la retrospectiva no recoge toda su producción fotográfica, como la serie de los icebergs o las mujeres desnudas, aúna las principales características de su línea, animales, miradas, paisajes, vanitas, … y ante todo  prueba, una vez más, que cada artista expresa a través de su obra sus obsesiones. Así el fotógrafo capta, una tras otra, representaciones de la muerte sin tapujos, es esa calavera, esa vela, fuego que nos ilumina y a su vez nos consume dejando solo cuerpos inertes. Un recorrido por la obra de Vilariño y también por cada una de nuestras vidas. Vida que transcurre para el artista sobre un colchón de seda de caballo, fiel testigo de su pérdida.
"La pintura es poesía muda; la poesía pintura ciega", así era para Da Vinci y así parece ser, salvando las distancias entre pintura y fotografía, para nuestro artista, quien intercala entre imágenes sus poemas, cantos llenos de lirismo a la vida que se va y también a aquella que se queda, recuerdos de una ausencia, desbordantes de esa belleza melancólica que impregna toda la exposición.
Animales disecados, sin vida, sin color, lechos de muerte, restos de una tradición religiosa patentes en escapularios y cruces, esqueletos ahorcados, paisajes de una naturaleza embravecida que nos sobrepasa y puede que incluso asuste, lo último esperado después de esta secuencia es un video en el que el propio Manuel Vilariño planta una acebo, una nueva vida, transmite un mensaje: incluso el, habiendo encontrado su vida "en ruinas al despertar", tiene esperanza.
 Posiblemente entrar allí con el único afán de disfrutar de la belleza de su exposición fotográfica seria un gran error, pues realmente, sin entender su simbología, quien disfruta ante una montaña de cúrcuma y la tabla de los Bwa en un ambiente que puede calificarse de tétrico y sepulcral? Y ahora, tras desvelar todo aquello que esconde Manuel Vilariño, quien no daría lo que fuera por admirar una vez más su obra?

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