domingo, 22 de septiembre de 2013

Condimentando la Muerte


Condimentando la Muerte
Por María de Jesús Sarubbi


La visión de “Seda de Caballo” de Manuel Vilariño es perturbadora. La idea central de la muerte se respira apenas entrar, donde una montaña de cúrcuma unida a calaveras proyectadas y voces ininteligibles que parecen venir del mas allá, transportan a uno hacia la angustia y la desesperación de un entierro. Y ante la muerte, uno está solo, no se puede llevar nada ni a nadie. Soledad y desesperación son los sentimientos que transmiten estas obras.Sus series monocromáticas de “Los Pájaros”, “Bestiario” y “Cabezas Sueños” logran por un segundo que uno olvide el triste e indefectible destino de la materia viva gracias a la taxidermia. Las aves retratadas observan al espectador con una mirada aguda, pero que esta vacía; vacía de vida, que es lo que permite la reflexión. Las aves parecen tener esa mirada viva y suspicaz que las caracteriza por ver el mundo desde otra perspectiva, pero no es real. Su mirada no tiene profundidad. Sin vida no hay conclusiones, análisis ni empatía. Observan al hombre desde lo antinatural de su estado, lo absurdo de estar muertas y no parecerlo (y acaso no estarlo en cierto modo).  Con el ser humano Vilariño no ha sido tan generoso como con las aves: lo ha dejado descomponerse (de lo contrario sería una muestra forense y de dudoso gusto). Lo muestra en su instancia final, la de los huesos, y siempre la cabeza. Como si en la calavera pelada y vacía se resumiera la melancolía de la nada en la que se ha convertido ese hombre, como reza su poema: “Ya no soy nada / ya nada queda /
la luz atroz del invierno /me estremece”. En el centro de la exposición aparece el color. Su “Paraíso Fragmentado” muestra devoción en la preparación de las tumbas animales y en la espera de una resurrección o quizás reencarnación…de algo más allá de la muerte, algo que no se ve ni se toca. Son lechos mortuorios de cúrcuma y pimentón, que además de añadir cromatismo, en ellos subyace la idea de la espiritualidad de civilizaciones orientales legendarias que curaban con lo que comían.

Aunque toda su obra pueda interpretarse como un memento mori, las naturalezas muertas que se exponen transmiten explícitamente el recuerdo de la inevitabilidad de la muerte. Aunque para estas vanitas se vale de elementos tradicionales como velas, calaveras y frutos, su enfoque minimalista las hace punzantes y directas, logra que el mensaje llegue sin artificios. Al final, bellos aunque melancólicos paisajes, y un video del artista plantando un acebo, intentan transmitir que para que haya muerte, antes debe haber vida; y ante una muerte, surge otra vida en otro lugar. Sin embargo, este mínimo atisbo de luz, no alcanza para alumbrar la oscuridad y soledad que se perciben en la obra de Vilariño, tanto en su poesía como en su fotografía. Remite a la desesperación de Miguel Hernández: “Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a dentelladas secas y calientes”. Quizás la descomposición tanto del tiempo como de la materia sea una obsesión del artista, quizás no tenga asumida la muerte (¿quién la tiene?), o simplemente tiene miedo como Hamlet: “(…) el temor a algo después de la muerte – el país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve- aturde la voluntad (…)”.
Asi como Van Gogh expresa en sus cartas a Theo su preocupación por pintar cipreses ya que nadie los ha pintado de la forma en que él los ve, del mismo modo podría Vilariño explicar su obstinación con la Parca y la oscuridad que la circunda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario