Condimentando la Muerte
Por María de Jesús Sarubbi
La visión de “Seda de Caballo” de Manuel Vilariño es
perturbadora. La idea central de la muerte se respira apenas entrar, donde una
montaña de cúrcuma unida a calaveras proyectadas y voces ininteligibles que
parecen venir del mas allá, transportan a uno hacia la angustia y la
desesperación de un entierro. Y ante la muerte, uno está solo, no se puede
llevar nada ni a nadie. Soledad y desesperación son los sentimientos que
transmiten estas obras.Sus series monocromáticas de “Los Pájaros”,
“Bestiario” y “Cabezas Sueños” logran por un segundo que uno olvide el triste e
indefectible destino de la materia viva gracias a la taxidermia. Las aves
retratadas observan al espectador con una mirada aguda, pero que esta vacía; vacía
de vida, que es lo que permite la reflexión. Las aves parecen tener esa mirada
viva y suspicaz que las caracteriza por ver el mundo desde otra perspectiva,
pero no es real. Su mirada no tiene profundidad. Sin vida no hay conclusiones,
análisis ni empatía. Observan al hombre desde lo antinatural de su estado, lo
absurdo de estar muertas y no parecerlo (y acaso no estarlo en cierto
modo). Con el ser humano Vilariño no ha
sido tan generoso como con las aves: lo ha dejado descomponerse (de lo
contrario sería una muestra forense y de dudoso gusto). Lo muestra en su
instancia final, la de los huesos, y siempre la cabeza. Como si en la calavera
pelada y vacía se resumiera la melancolía de la nada en la que se ha convertido
ese hombre, como reza su poema: “Ya no soy nada / ya nada queda /
la luz atroz del invierno /me estremece”. En el centro de la exposición aparece el color. Su “Paraíso Fragmentado” muestra devoción en la preparación de las tumbas animales y en la espera de una resurrección o quizás reencarnación…de algo más allá de la muerte, algo que no se ve ni se toca. Son lechos mortuorios de cúrcuma y pimentón, que además de añadir cromatismo, en ellos subyace la idea de la espiritualidad de civilizaciones orientales legendarias que curaban con lo que comían.
la luz atroz del invierno /me estremece”. En el centro de la exposición aparece el color. Su “Paraíso Fragmentado” muestra devoción en la preparación de las tumbas animales y en la espera de una resurrección o quizás reencarnación…de algo más allá de la muerte, algo que no se ve ni se toca. Son lechos mortuorios de cúrcuma y pimentón, que además de añadir cromatismo, en ellos subyace la idea de la espiritualidad de civilizaciones orientales legendarias que curaban con lo que comían.
Aunque toda su obra pueda interpretarse como un memento mori, las naturalezas muertas
que se exponen transmiten explícitamente el recuerdo de la inevitabilidad de la
muerte. Aunque para estas vanitas se
vale de elementos tradicionales como velas, calaveras y frutos, su enfoque
minimalista las hace punzantes y directas, logra que el mensaje llegue sin artificios. Al final, bellos aunque melancólicos paisajes, y un
video del artista plantando un acebo, intentan transmitir que para que haya
muerte, antes debe haber vida; y ante una muerte, surge otra vida en otro
lugar. Sin embargo, este mínimo atisbo de luz, no alcanza para alumbrar la
oscuridad y soledad que se perciben en la obra de Vilariño, tanto en su poesía
como en su fotografía. Remite a la desesperación de Miguel Hernández: “Quiero
escarbar la tierra con los dientes, quiero apartar la tierra parte a parte a
dentelladas secas y calientes”. Quizás la descomposición tanto del tiempo como
de la materia sea una obsesión del artista, quizás no tenga asumida la muerte
(¿quién la tiene?), o simplemente tiene miedo como Hamlet: “(…) el temor a algo
después de la muerte – el país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero
vuelve- aturde la voluntad (…)”.
Asi como Van Gogh expresa en sus cartas a Theo su
preocupación por pintar cipreses ya que nadie los ha pintado de la forma en que
él los ve, del mismo modo podría Vilariño explicar su obstinación con la Parca
y la oscuridad que la circunda.
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