La
imagen según un ciego, la poesía de un mudo
Por Inés Luca de Tena.
La exposición del fotógrafo Manuel Vilariño títulada “Seda de Caballo” y situada en c/Embajadores 51. Madrid, nos
transporta desde la primera sala a un lugar lúgubre donde nos enfrentamos a una
oleada de sensaciones provocadas por el incesante canto de unas ballenas que en
un primer momento generan pánico a lo desconocido, el color amarillo de una
montaña de una especia india llamada curcuma nos inspira un escapismo romántico
a tierras orientales y en contraposición a esta ultima sensación, una pantalla
en la que se proyectan de manera incesante imágenes de calaveras hace posible
que sea palpable la presencia de la muerte o la fugacidad del tiempo mientras
el canto de las ballenas nos hace partícipes de la vida y la montaña de curcuma
hace que experimentemos en nuestras carnes el tópico del “locus amoenus” .
En algunas de las obras de Manuel Vilariño como “El políptico de las aves” se hace
añicos el más profundo sueño de los hombres: volar. Ya que las aves están
muertas y nos interpelan con una mirada melancólica que genera en nosotros una
preocupación interna que nos separa de nosotros mismos para adentrarnos en
temas que afectan a la naturaleza como por ejemplo la contaminación. Así mismo
en “El bestiario” se observa la
relación entre el hombre y la naturaleza pero esta vez de un modo crítico ya
que junto a los animales muertos encontramos herramientas oxidadas como una hoz
que pretende acusar al hombre de segador de la vida y la naturaleza.
En esta exposición encontramos dos fotografías borrosas,
ambas junto a un poema, obra del mismo autor, una de las fotografías corresponde
a un rinoceronte y la otra un búho, junto a esta última encontramos un verso
que dice: “En la campana de la noche hay
un búho dormido, una llama, una ceniza, nada.” Este verso nos ayuda a
interpretar la imagen como una alegoría de que en el momento mas oscuro de un
día (la noche) la naturaleza duerme, pero aun está viva, es una llama, sin
embargo pronto muere, se convierte en ceniza, en nada. De este modo Vilariño
consigue que nos adentremos en el abismo, el vacío de la muerte.
Finalmente nos devuelve la esperanza con una fotografía de
animales muertos rodeados de una tumba de especias, junto a las cuales hay una
cruz, como símbolo de la resurrección a una nueva vida. Y con un vídeo final
Manuel Vilariño logra quedar impregnado en nuestra memoria cavando un agujero
recordándonos la muerte para únicamente plantar un árbol y acabar entregándonos
el secreto de que la vida, está en nuestras manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario