martes, 24 de septiembre de 2013

Desassossegos


Desassossegos
Rosa Medina


Encontramos en las paredes blancas, vacías, de las salas de la  antigua sede de Tabacalera, el emplazamiento idóneo para adentrarnos, que no simplemente contemplar, la obra de Manuel Vilariño. Una obra en la que, sin referencias temporales de ningún tipo, nada está por casualidad, todo tiene un significado, una finalidad.
De los fondos blancos y negros absolutos, a la sensualidad de los intensos colores de las especias, que casi se pueden oler y tocar; de los pájaros aparentemente vivos que nos taladran con su mirada, a los que yacen amortajados en sus barrocas tumbas; del intimismo de los bodegones bajo la luz de una vela encendida, a los paisajes abiertos, casi infinitos. Todo en su obra sabe reflejar la triste nostalgia de aquello que ha sido y va a dejar de ser, de ese tiempo que se nos escapa, de esa muerte que, inexorablemente a todos, animales y humanos, nos alcanza.
Vilariño contempla, escudriña la naturaleza que le rodea y escoge en ella los modelos de sus fotografías: animales muertos, osamentas, piezas y herramientas oxidadas, crines de caballos para esa esfera fantasmagórica, que da nombre a la exposición; desechos, señala Felix Duque, cosas que están de más, que ya no sirven, que “ya no son nada”, como el autor se refiere a sí mismo en “Círculos Sombríos”.
Restos de animales, osamentas, que, dice Vilariño, “le estrangulan el pensamiento, apartándole de la reflexión y de límites conocidos”, llevándole a introducirse en la estética de la muerte sin reparos, en todas sus formas y manifestaciones: la muerte en la mirada petrificada de unos pájaros antes libres; la muerte en esas velas que iluminan con la llama estática; la muerte en la especie de neblina que oculta  montañas y animales; la muerte, en definitiva siempre presente.
Junto a esa eterna presencia de la muerte,  Vilariño se pregunta por los orígenes (siempre principio y final, alfa y omega) y busca, en calaveras y cráneos algo mas que un nuevo símbolo de la muerte, un introducirse en lo más profundo, sin conformarse en fotografiar aquello que se ve, esa envoltura que nos rodea creada por la educación y los usos sociales.
Y por eso, quizás, se puede echar de menos en esta exposición alguno de sus retratos de la serie Orixes, en los que el autor, fotografiando a esas mujeres con el pecho desnudo, busca liberarlas del peso de la cultura que les oprime, ocultando su realidad, su identidad, su origen.
Pero, retomando el tema de la muerte, ¿y si esa muerte no fuera definitiva?, ¿y si hubiera algo después de la muerte, si la esperanza del reencuentro con ese ser muy amado al que trágica y repentinamente hemos perdido, no fuera solo una quimera?; y así, junto a los animales muertos, casi enterrados, coloca escapularios, estampas del Sagrado Corazón, signos cristianos que nos hablan de la muerte, pero también de otra vida, mas allá; y, junto a ellos -- ¿por qué no?-- esos hilos rojos de los ritos chamánicos que podrían ser capaces de unir el cielo hacia el que ahora parten y la tierra a la que, quizás, algún día, puedan regresar. Los pájaros del Paraíso Fragmentado “miran al cielo esperando sus reencarnaciones”, afirma el propio autor al explicar esa obra.
Ilusión de un más allá que también parece desprenderse de sus paisajes, donde, como señala Juan Miguel Hernández León, “las cosas parecen esfumarse y a la vez cobran nueva vida”.
Tiempo, muerte, origen, en definitiva Vida, se reflejan en su obra fotográfica, incomprensible sin su poesía, y no son sino “su forma de liberar la vida de sus prisiones, de sus Desassossegos”.

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