Desassossegos
Rosa Medina
Encontramos
en las paredes blancas, vacías, de las salas de la antigua sede de Tabacalera, el emplazamiento
idóneo para adentrarnos, que no simplemente contemplar, la obra de Manuel
Vilariño. Una obra en la que, sin referencias temporales de ningún tipo, nada
está por casualidad, todo tiene un significado, una finalidad.
De
los fondos blancos y negros absolutos, a la sensualidad de los intensos colores
de las especias, que casi se pueden oler y tocar; de los pájaros aparentemente
vivos que nos taladran con su mirada, a los que yacen amortajados en sus barrocas
tumbas; del intimismo de los bodegones bajo la luz de una vela encendida, a los
paisajes abiertos, casi infinitos. Todo en su obra sabe reflejar la triste nostalgia
de aquello que ha sido y va a dejar de ser, de ese tiempo que se nos escapa, de
esa muerte que, inexorablemente a todos, animales y humanos, nos alcanza.
Vilariño
contempla, escudriña la naturaleza que le rodea y escoge en ella los modelos de
sus fotografías: animales muertos, osamentas, piezas y herramientas oxidadas, crines
de caballos para esa esfera fantasmagórica, que da nombre a la exposición; desechos,
señala Felix Duque, cosas que están de más, que ya no sirven, que “ya no son
nada”, como el autor se refiere a sí mismo en “Círculos Sombríos”.
Restos
de animales, osamentas, que, dice Vilariño, “le estrangulan el pensamiento,
apartándole de la reflexión y de límites conocidos”, llevándole a introducirse
en la estética de la muerte sin reparos, en todas sus formas y manifestaciones:
la muerte en la mirada petrificada de unos pájaros antes libres; la muerte en
esas velas que iluminan con la llama estática; la muerte en la especie de neblina
que oculta montañas y animales; la
muerte, en definitiva siempre presente.
Junto
a esa eterna presencia de la muerte, Vilariño
se pregunta por los orígenes (siempre principio y final, alfa y omega) y busca,
en calaveras y cráneos algo mas que un nuevo símbolo de la muerte, un
introducirse en lo más profundo, sin conformarse en fotografiar aquello que se
ve, esa envoltura que nos rodea creada por la educación y los usos sociales.
Y
por eso, quizás, se puede echar de menos en esta exposición alguno de sus
retratos de la serie Orixes, en los que el autor, fotografiando a esas mujeres
con el pecho desnudo, busca liberarlas del peso de la cultura que les oprime,
ocultando su realidad, su identidad, su origen.
Pero,
retomando el tema de la muerte, ¿y si esa muerte no fuera definitiva?, ¿y si
hubiera algo después de la muerte, si la esperanza del reencuentro con ese ser muy
amado al que trágica y repentinamente hemos perdido, no fuera solo una
quimera?; y así, junto a los animales muertos, casi enterrados, coloca escapularios,
estampas del Sagrado Corazón, signos cristianos que nos hablan de la muerte,
pero también de otra vida, mas allá; y, junto a ellos -- ¿por qué no?-- esos
hilos rojos de los ritos chamánicos que podrían ser capaces de unir el cielo
hacia el que ahora parten y la tierra a la que, quizás, algún día, puedan
regresar. Los pájaros del Paraíso Fragmentado “miran al cielo esperando sus
reencarnaciones”, afirma el propio autor al explicar esa obra.
Ilusión
de un más allá que también parece desprenderse de sus paisajes, donde, como
señala Juan Miguel Hernández León, “las cosas parecen esfumarse y a la vez
cobran nueva vida”.
Tiempo,
muerte, origen, en definitiva Vida, se reflejan en su obra fotográfica, incomprensible
sin su poesía, y no son sino “su forma de liberar la vida de sus prisiones, de
sus Desassossegos”.
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