por Lucía Martín Baena
Recordando la célebre frase de Da Vinci ‘’si la pintura es poesía muda, la poesía es pintura ciega’’ observamos esa clara relación existente entre la imagen y su diegética, una imagen con carácter narrativo, que ha ido evolucionando a lo largo de la historia, desde las pinturas románicas que servían de Biblia para los pobres, hasta la pintura barroca española cuya principal función era conmover al espectador, con el llamado arte de la contra reforma: ¿quién no se ha emocionado al contemplar ‘’el sueño de Jacob’’ de Ribera? Manuel Vilariño, Premio Nacional de Fotografía 2007, nos demuestra una vez más la utilidad de la imagen como narración visual estática.
El enfoque de Vilariño es del todo interesante y correspondiente al pensamiento de Heidegger; la obra de arte en relación con la tierra, el artista como mortal, producto de la naturaleza, capaz de reflejar su relación con el entorno. Esta vulnerabilidad del ojo artístico que observa la naturaleza como un ciclo de vida y muerte, como Gilgamesh tras la muerte de Enkidu. Todo esto tiñe de una melancolía romántica a Vilariño y sus obras.
En esta exposición que toma lugar en la Tabacalera, se muestran sus más célebres obras, permitiéndonos una visión general del pensamiento del fotógrafo y poeta. Llama la atención la simbología de cada elemento que utiliza: el pájaro como símbolo de lo ingrávido, como un sueño inalcanzable, el pájaro que vuela y observa la naturaleza desde arriba. En su colección de ``pájaros`’ se reflejan las miradas de aves taxonomizadas (`perfectamente muertas´ en palabras de Vilariño) y como el propio artista ha comentado <<los pájaros tienen una mirada gorgónica>> petrificante, que lleva al espectador a cuestionar ciertos aspectos trascendentales como la relación del hombre con la naturaleza gracias al cruce de miradas entre el ave y el humano. Son imágenes agresivas, de formato cuadrado y grande, primeros planos de estas aves mirando, magníficamente contrastadas con el fondo blanco. Es inevitable sentir una catarsis con estas miradas y entonces comprendes el atormentado poema que transmiten. Los propios pájaros están petrificados, son la muerte mirando desafiante desde unos ojos antes vivos. La muerte arrasa y despoja de vida a todos los seres dotados de ella, por eso como Rilke dice en sus Elegías de Duino: ‘’la belleza no es sino el comienzo de algo terrible’, la vida lleva a la muerte, un pensamiento ya romántico que se refleja en poemas como ‘Oda a un ruiseñor’ dónde se valora la muerte y la inmortalidad, pero se concluye con el poeta asumiendo que el estar vivo, le acabará llevando a la inevitable muerte (casualmente en un paralelismo con el ave como símbolo del sueño inalcanzable, aunque para Keats el ave simbolice la inmortalidad y para Vilariño el ave es un elemento de la naturaleza, idealizado por su ingravidez por el hombre, pero que muere como todo lo vivo.)
Con esta obra, se relaciona ‘’cabezas/sueños’’: el cráneo humano, dónde reside la inteligencia, la capacidad de creación, despojado de la vida junto a otros elementos naturales también muertos. Se manifiesta la intención de Vilariño de relacionar al Ser Humano con el animal, como buen biólogo. Él dice ver el mundo a través de una ‘’mirada animal’’ y en su ‘’bestiario’’ compara al animal con el ser humano: el ser humano tiene el control instrumental del mundo, en términos marxistas, el ser humano transforma la naturaleza mediante su fuerza de trabajo, sus herramientas (La singularidad del humano, único animal bípedo y con pulgar) frente al animal que se mantiene indómito, indomable y de alguna manera puro y fiel a la naturaleza. Vilariño muestra una gran admiración por el animal, por esa naturaleza indómita. Quizás sea porque en su obra melancólica se habla del despojo: el despojo de la vida, del tiempo, incluso del sentirse humano, el despojo de la conciencia humana.
Otro elemento simbólico es el uso de la especia, como la cúrcuma como elemento curativo y en su obra ‘’Paraíso fragmentado’’ se denota la añoranza por la vida, por la resurrección.
Fuego que consume, cenizas, paisajes imperecederos, los límites de la vida, una naturaleza propia del ‘’Anticristo’’ de Von Trier en una exposición conmovedora, motivo de reflexión para el espectador.
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