Metáforas visuales
Por Concepción Sanz
Cuesta
He tenido la inmensa suerte de conocer la obra del
artista Manuel Vilariño, fotógrafo-poeta,
cuyo origen gallego queda de entrada plasmado en un guiño a su tierra: una gran
bola de pelo de caballo que además da nombre a la exposición, “Seda de
Caballo”. La muestra se beneficia del espacio que la acoge. La antigua fábrica
de tabaco, La Tabacalera, uno de los lugares más innovadores y con más
personalidad de la capital, realza el misterio y el simbolismo de esta
retrospectiva de Vilariño. Si el cicerone resulta ser el comisario de la
exposición –como éste fue el caso-, es imposible guardarse las sensaciones y
emociones. La sorpresa inicial, mezclada con desconcierto, por la aparente
contradicción entre las piezas expuestas y soporte elegido. Olor a especias, colores
llamativos, sombras africanas, tintes orientales, poesía de artista americano,
blancos y negros, presencia sombría de la muerte, alusión a tradiciones y
sonidos de fragmentos de cantos de ballenas.
Vilariño tiene un modo de entender el arte a través de un
lenguaje visual y poético propio, la presencia de sueños, de silencios, poemas y
evocaciones. Desde su particular visión de los animales, donde es capaz de
captar una mirada cazadora y profunda llena de vida, y contraponerla a un cuerpo
inerte. Representan el esplendor de la fauna en sus distintas manifestaciones,
sobreponiéndose a la amenaza de la evolución humana. La pieza situada en el
centro de la exposición, el políptico titulado “Paraíso fragmentado”, compuesto
de quince imágenes de animales atados, con cintas rojas, haciendo alusión a los
rituales de la cultura oriental. El color, en este caso, procede de la tierra,
azafrán, cúrcuma, cacao, pimienta, curry, pueden parecer un nido y a la vez la
tumba de esos seres que en este caso representan el final de la vida.También naturalezas muertas que desprenden energía, quizás
por el fuego constante de velas autosuficientes. Ácidas, dulces y melancólicas.
Limones, membrillos y mariposas. La Impresionante serie de los cirios
llameantes, junto a calaveras que simbolizan la transformación del ser humano
en la Nada y a jugosas granadas, representando el Mito de Perséfone y Deméter,
el corazón regresa en el invierno de la vida al misterio del inframundo. Metáforas
visuales en las cuales contrasta la vida colorida contenida en la luz de la
llama y la muerte, sus sombras que evoca el fuego al consumirse.
El autor parece enseñarnos, partiendo de sus propias
experiencias, el arte de mirar y de descubrir a través de la mirada. Sus ojos
atentos y observadores, contemplando el aleteo de un pájaro y una mariposa en
la videoinstalación al final de la muestra, mostrándonos la relación entre el
mundo y la tierra, la metáfora de una obra de arte. La vida en todo su esplendor.
Las imágenes en blanco y negro representan una serie de paisajes, algunos de
ellos de lugares de la costa de Islandia y de su Galicia natal. Nos muestran la
grandiosidad y la fuerza de la naturaleza.
Montañas negras cubiertas por espesa e intensa niebla que transmiten la
soledad, la melancolía y la nostalgia de ese viaje, en un momento triste de su
existencia.
Manuel Vilariño, durante toda la exposición, nos
transmite su pasión por la poesía, no solo plasmada en sus fotografías, destacando
la que aparece junto a la obra “Seda de Caballo”, donde expresa sus
sentimientos, menciona y reflexiona sobre gran parte de la obra que hemos
podido observar y admirar, y finaliza con una estrofa, donde refleja el
desamparo y la soledad de su alma. “Ya no soy nada, ya nada queda, la luz atroz
del invierno me estremece”.
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