miércoles, 25 de septiembre de 2013

LA RECETA PERFECTA

LA RECETA PERFECTA
Jorge Belloso Miranda

¡Se nos cae a cachos! Esa puede ser quizá la sensación primera que uno puede sentir al entrar en la Tabacalera por primera vez, y en la primera sala encontrarse con una pequeña montaña de especia cúrcuma de intenso olor. Justo en frente se proyecta una “tabla bwa” en diapositiva, con una calavera la cual parece que está rifando tu destino entre las diferentes casillas, antes de acceder a la próxima sala. Todo ello acompañado por un rítmico poema recitado y el sonido de una ballena de fondo. ¡Esto se nos cae definitivamente encima!, piensas cuando después de la experiencia de la primera sala, accedes a la segunda. Y pegado a la pared descorchada, sobre el suelo de azulejos algo levantados y bajo la estructura de tuberías y adintelado que soporta el segundo piso, te encuentras con la serie de fotografías en blanco y negro de animales disecados, cuyas miradas condenantes parecen decididas a cumplir la voluntad de la calavera de “bwa”. Alea jacta est, sólo ante ellas, la suerte está echada. Te encuentras solo y te relaja la espera a conocer la condena que se ejecuta en la “tabla de bwa” de la sala anterior. Condena que recae en saber que algún día tú mismo ocuparás el lugar de estas aves, atrapado tras el cristal, sin poder salir; y al igual que éstas, con la mirada desafiante condenarás al que te contempla con la impasibilidad del que desconoce el cercano e incierto futuro que a todos nos espera.

El resto de la exposición se desarrolla en la misma línea, con un carácter de tradición más simbolista, aún si cabe. Recordando en todo momento la fragilidad de la vida, la cercanía de la muerte… el latir intenso de un segundo que puede quedar cortado en una milésima. Así paisajes de costas, con el mar de fondo, sinónimo de libertad y viajes, pero también de muerte y hastío, le sirven de ejemplo a Manuel Vilariño, artista, poeta y autor de esta exposición: “Seda de Caballo”, como símbolo de ausencia, del que fue y ya no es, del que estuvo y ya no está, de lo que pudo ser y no será. Y también las especias, consecuencias de esos viajes de antaño por aquellos desconocidos mares, nos hacen ver que esta preocupación del Hombre: la Muerte, se encuentra también en otros hombres, en otras culturas, que no estás sólo.


Junto con las crines de caballo, las velas, insectos disecados, naturalezas muertas y calaveras… te recreas al ver que después de todo, algo queda. Que al igual que Manuel Vilariño al plantar su árbol, todos dejamos nuestra huella. Huellas que, similares a las especias antaño, mercancías e incluso crines de caballo se intercambian en la Ruta de la Seda. Huellas que te quedas, que se dan entre los que están, los que se van y los que se quedan. Y como cautivo que escapa del zulo arrastrando síndrome de Estocolmo, sales de la Tabacalera cegados por la luz los ojos. Y marchando por la calle, dejando atrás la antigua fábrica de tabacos madrileña, con una sonrisa en la cara piensas: ¡que no está nada mal la receta del Señor Vilariño! Una buena exposición con ingredientes para enfrentar la Muerte, analgésico para salir del paso y seguir de frente.

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