LA RECETA PERFECTA
Jorge Belloso Miranda
¡Se nos cae a cachos! Esa puede
ser quizá la sensación primera que uno puede sentir al entrar en la Tabacalera
por primera vez, y en la primera sala encontrarse con una pequeña montaña de
especia cúrcuma de intenso olor. Justo en frente se proyecta una “tabla bwa” en
diapositiva, con una calavera la cual parece que está rifando tu destino entre
las diferentes casillas, antes de acceder a la próxima sala. Todo ello
acompañado por un rítmico poema recitado y el sonido de una ballena de fondo.
¡Esto se nos cae definitivamente encima!, piensas cuando después de la
experiencia de la primera sala, accedes a la segunda. Y pegado a la pared
descorchada, sobre el suelo de azulejos algo levantados y bajo la estructura de
tuberías y adintelado que soporta el segundo piso, te encuentras con la serie
de fotografías en blanco y negro de animales disecados, cuyas miradas
condenantes parecen decididas a cumplir la voluntad de la calavera de “bwa”.
Alea jacta est, sólo ante ellas, la suerte está echada. Te encuentras solo y te
relaja la espera a conocer la condena que se ejecuta en la “tabla de bwa” de la
sala anterior. Condena que recae en saber que algún día tú mismo ocuparás el
lugar de estas aves, atrapado tras el cristal, sin poder salir; y al igual que
éstas, con la mirada desafiante condenarás al que te contempla con la
impasibilidad del que desconoce el cercano e incierto futuro que a todos nos
espera.
El resto de la exposición se
desarrolla en la misma línea, con un carácter de tradición más simbolista, aún si
cabe. Recordando en todo momento la fragilidad de la vida, la cercanía de la
muerte… el latir intenso de un segundo que puede quedar cortado en una
milésima. Así paisajes de costas, con el mar de fondo, sinónimo de libertad y
viajes, pero también de muerte y hastío, le sirven de ejemplo a Manuel
Vilariño, artista, poeta y autor de esta exposición: “Seda de Caballo”, como
símbolo de ausencia, del que fue y ya no es, del que estuvo y ya no está, de lo
que pudo ser y no será. Y también las especias, consecuencias de esos viajes de
antaño por aquellos desconocidos mares, nos hacen ver que esta preocupación del
Hombre: la Muerte, se encuentra también en otros hombres, en otras culturas,
que no estás sólo.
Junto con las crines de caballo,
las velas, insectos disecados, naturalezas muertas y calaveras… te recreas al
ver que después de todo, algo queda. Que al igual que Manuel Vilariño al plantar
su árbol, todos dejamos nuestra huella. Huellas que, similares a las especias
antaño, mercancías e incluso crines de caballo se intercambian en la Ruta de la
Seda. Huellas que te quedas, que se dan entre los que están, los que se van y los
que se quedan. Y como cautivo que escapa del zulo arrastrando síndrome de
Estocolmo, sales de la Tabacalera cegados por la luz los ojos. Y marchando por la
calle, dejando atrás la antigua fábrica de tabacos madrileña, con una sonrisa
en la cara piensas: ¡que no está nada mal la receta del Señor Vilariño! Una
buena exposición con ingredientes para enfrentar la Muerte, analgésico para
salir del paso y seguir de frente.
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