José Ramón Amondarain, Galería Max Estrella.
Por Celia Caballero Díaz
La
exposición de José Ramón Amondarain abre la temporada en la galería Max
Estrella. Se trata de un recorrido donde las formas toman distintas
apariencias, si bien encontramos al principio una serie de fotografías, según
avanzamos nos adentramos en el mundo del modelaje y la pintura. Es difícil
clasificar a este autor debido a su amplia y diversa obra a través de la cual
ido ha rescatando a las distintas disciplinas artísticas.
Un
común denominador a lo largo de toda su producción ha sido el “canibalismo
cultural” distinguido por críticos como Fernando Castro y Rosa Olivares, esa
apropiación de obras célebres en las que emprende una estrategia de
infiltración. En este caso, se nos presenta el concepto a través de la
relectura de autores, no sus obras. Dos filas de fotografías nos reciben a cada
lado de la entrada de la galería, se trata de la serie titulada Colección de conchas, una interpretación
personal de la figura de trece artistas identificados cada uno con un molusco
disto. El último, o el primero, en el que leemos S. Delaunay, destaca sobre el
resto por su fondo oscuro en contraste con la obra de este artista,
caracterizada por la exaltación del color y las formas lumínicas.
Continuando
con su esencia, nos presenta su serie de anagramas Amar Gana en la que vuelve a emplear nombres de artistas con cuyas
letras forma palabras y frases bajo cierto enfoque irónico, véase “He use spy
job – Joseph Beuys”. En este caso, el material empleado es el poliéster, a
diferencia del modo en el que solemos encontrarlo Amondarain consigue darle un
aspecto parecido al de la escayola dejando la superficie sin pulir dotando a
las obras de mayor profundidad.
El
lado más provocador lo encontramos en Segunda
piel con la fotografía perteneciente a la artista contemporánea Pipilotti
Rist en la que se puede leer “We were taught to look for Truth, Goodness and
Beauty” como si se tratase de una especie de mantra puesto que dará titulo
también a otra obra. Dicha frase recuerda al libro del psicólogo Howard Gardner
en la que se trata el tema de la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI. Las
fotografías enfrentadas de un paisaje rural y una mujer con el pecho
descubierto amplifican aún más la discordia del mensaje con el resto de la exposición.
El mismo motivo de calaveras que rodean el marco aparece en lo alto de un
pedestal unidas por un candado como posible símbolo del común destino fatal, la
muerte.
La
obra del artista como el acto más sincero que puede surgir de las entrañas de su
ser aparece reflejado en Verdad, bondad y
belleza. El gran óleo sobre tela conjunta la delicadeza con la violencia,
el suave trazo con el impetuoso movimiento. Parece querer representar el flujo
de ideas que chocan, se mezclan y se transforman entre sí dentro de la mente
del artista. Ese proceso misterioso que ha suscitado tanto admiración como
terror en el hombre a lo largo de la historia.
El
juego de las texturas aparece en la sala final en Entretacto y el pilar, pintura y escultura comparten la exaltación
del tacto. Ambas suscitan nuestro primitivo instinto de necesitar posar
nuestras yemas sobre la superficie, comprobar si es real o no nuestra ilusión,
pero abandonamos en esa pequeña habitación al niño de nuestro interior.
Para
concluir me gustaría citar las propias palabras de Amondarain acerca de su obra:
“me gusta el hecho que no se entienda bien lo que es”. Así es, uno termina
lleno de suposiciones e interpretaciones, pero pocas respuestas claras. Los múltiples
reflejos inundan ahora mi cabeza.
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