A donde
nos lleve el mar
Loreto Sáenz de Sta. Mª Larrea
“Cada concha un mundo, y cada mundo un genio
de otro mundo.” Esto fue lo primero que se me pasó por la cabeza al entrar por
la puerta de cristal. Cuando menos lo imaginas, vas a una esquina de Madrid que
no conocías y te das cuenta que hay en ese preciso lugar una montaña de regalos
y tesoros que parece que te están esperando y te dicen todo lo que has tardado
en llegar. Te das cuenta de que los enormes artistas de la historia resucitan
en cualquier forma, en este caso, en forma de caracolas.
Fueron
minutos de sueños, minutos de imaginar que habrá vivido cada molusco o cada
pintor, escritor…en definitiva, artista. Vi los colores fuertes y densos de
Matisse en esa fotografía que le representaba, como si se hubiera reencarnado y
estuviera jugando con los colores primarios de sus cuadros, siendo conciso,
enviando luz, tanta como si fuera celestial, como si dentro de la concha
hubiera una sirena que no puede salir y que pide ayuda a gritos. En
contraposición, conocí a Polke en una concha de humo, como si estuviera
fumándose algo agradable, o esfumándose en algo agradable. Y Grosse,
desconocido para mí hasta el momento, que me llevó a un viaje a las
constelaciones, a una caverna, como la de Platón, pero en esta rompen las olas.
Más que una
mera descripción, transmitir lo unidas que están las estrellas con el océano, y
estos artistas con la vida. Quiero decir, que esta unión nos la da el amor y no
hay amor sin unión, aunque sí unión sin amor, pero desde luego, que como bien
dice Jose Ramón Amondarain en su exposición: “amar gana”.
No sé ni
cómo, ni por qué, pero uní todo lo que estaba expuesto sin quererlo. Pensaba en
un más allá extraño. Viendo evidente el hecho de que detrás de las paredes no
se acaba el mundo, pero podría quedarme en ese limbo sin traspasarlo, sin embargo
no es mi opción, y creo que tampoco la de algunos. Me nacería del estómago una
impotencia que no podría contener y esto mismo al parecer le ha pasado al pintor
en el momento en el que nos muestra el interior de algo tan desabrido como es
una pared. Percibiendo con esta, millones de escenas que se esconden, imaginé
espuma, sexo, caballos en el campo, mis dedos acariciando algo suave, muy
placentero, como hace Audrey Toutou en su famosa película Amelie, amigos brindando, asfalto, fuerza, algo todopoderoso;
aunque esto tampoco es Trainspotting.
Y es unos
momentos más tarde cuando me planteo la duda “dar o amar” y reflexiono, y como
siempre amar gana, el dar esta dentro del amar. Como quien da su cuerpo o alma
a alguien a quien ama; si el otro le contesta amando, ya le está dando. Al fin
y al cabo, este es el hilo de la vida, y Amondarain juega con el anagrama
poniendo Dora Maar, la cual es un ejemplo de ese amor por el arte y por el
artista, en su caso, Picasso.
Termino la
exposición quedándome atrapada en la última pintura que a simple vista me
recuerda al Expresionismo de Munch, y yo mientras, agonizando un poco menos que
Gregorio Samsa al despertarse convertido en cucaracha. Pero desde luego que, aunque
el maravilloso Andy Warhol diga inconscientemente Hold a war, deberíamos hacer lo contrario: buscar un pilar fuerte
como lo encuentra el autor en el Museo Reina Sofía, no soltarnos; seguir amando,
y tampoco soltarnos. Y así, hasta que la Muerte decida ser más fuerte que ese hilo
de vida, con ese amor que nos hace vibrar porque pienso y pienso y es la única
que ganaría este combate.
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