miércoles, 2 de octubre de 2013

A donde nos lleve el mar



A donde nos lleve el mar

Loreto Sáenz de Sta. Mª Larrea


 “Cada concha un mundo, y cada mundo un genio de otro mundo.” Esto fue lo primero que se me pasó por la cabeza al entrar por la puerta de cristal. Cuando menos lo imaginas, vas a una esquina de Madrid que no conocías y te das cuenta que hay en ese preciso lugar una montaña de regalos y tesoros que parece que te están esperando y te dicen todo lo que has tardado en llegar. Te das cuenta de que los enormes artistas de la historia resucitan en cualquier forma, en este caso, en forma de caracolas.

Fueron minutos de sueños, minutos de imaginar que habrá vivido cada molusco o cada pintor, escritor…en definitiva, artista. Vi los colores fuertes y densos de Matisse en esa fotografía que le representaba, como si se hubiera reencarnado y estuviera jugando con los colores primarios de sus cuadros, siendo conciso, enviando luz, tanta como si fuera celestial, como si dentro de la concha hubiera una sirena que no puede salir y que pide ayuda a gritos. En contraposición, conocí a Polke en una concha de humo, como si estuviera fumándose algo agradable, o esfumándose en algo agradable. Y Grosse, desconocido para mí hasta el momento, que me llevó a un viaje a las constelaciones, a una caverna, como la de Platón, pero en esta rompen las olas.

Más que una mera descripción, transmitir lo unidas que están las estrellas con el océano, y estos artistas con la vida. Quiero decir, que esta unión nos la da el amor y no hay amor sin unión, aunque sí unión sin amor, pero desde luego, que como bien dice Jose Ramón Amondarain en su exposición: “amar gana”.
No sé ni cómo, ni por qué, pero uní todo lo que estaba expuesto sin quererlo. Pensaba en un más allá extraño. Viendo evidente el hecho de que detrás de las paredes no se acaba el mundo, pero podría quedarme en ese limbo sin traspasarlo, sin embargo no es mi opción, y creo que tampoco la de algunos. Me nacería del estómago una impotencia que no podría contener y esto mismo al parecer le ha pasado al pintor en el momento en el que nos muestra el interior de algo tan desabrido como es una pared. Percibiendo con esta, millones de escenas que se esconden, imaginé espuma, sexo, caballos en el campo, mis dedos acariciando algo suave, muy placentero, como hace Audrey Toutou en su famosa película Amelie, amigos brindando, asfalto, fuerza, algo todopoderoso; aunque esto tampoco es Trainspotting.

Y es unos momentos más tarde cuando me planteo la duda “dar o amar” y reflexiono, y como siempre amar gana, el dar esta dentro del amar. Como quien da su cuerpo o alma a alguien a quien ama; si el otro le contesta amando, ya le está dando. Al fin y al cabo, este es el hilo de la vida, y Amondarain juega con el anagrama poniendo Dora Maar, la cual es un ejemplo de ese amor por el arte y por el artista, en su caso, Picasso.


Termino la exposición quedándome atrapada en la última pintura que a simple vista me recuerda al Expresionismo de Munch, y yo mientras, agonizando un poco menos que Gregorio Samsa al despertarse convertido en cucaracha. Pero desde luego que, aunque el maravilloso Andy Warhol diga inconscientemente Hold a war, deberíamos hacer lo contrario: buscar un pilar fuerte como lo encuentra el autor en el Museo Reina Sofía, no soltarnos; seguir amando, y tampoco soltarnos. Y así, hasta que la Muerte decida ser más fuerte que ese hilo de vida, con ese amor que nos hace vibrar porque pienso y pienso y es la única que ganaría este combate.

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