Aquí
volamos sin alas.
Por Inés Luca de Tena Lledó.
La exposición “amar gana” de
José Ramón Amondraín expuesta en la galería de Max Estrella nos pone en
contacto con un mundo extraño que entremezcla pasado, presente y futuro.
En la primera sala nos enfrentamos
a una serie de fotografías de frutos de mar, en este momento aparece por
primera vez la desolación en nuestras percepciones así como el concepto de lo
inseparable; ya que estos crustáceos además de estar muertos se encuentran
únicamente rodeados de un fondo blanco lo cual nos desconcierta ya que
relacionamos estos seres con el mar, y pensando en un mar embravecido
recordamos la espuma que generan las olas, esa espuma que en la mitología era
el semen con el que los dioses fecundaban a las ninfas que se bañaban en las
aguas. Es por esto por lo que entendemos la aparición a pie de cada fotografía
del nombre de un gran pensador, artista o renovador de su época, por ejemplo:
Picasso, Dumas, Matisse.. Toda esta primera serie de caracolas cada una
relacionada con un personaje histórico nos hace entender la muerte de estos
crustáceos como un modo de volver a nacer a una nueva vida por medio de esas
aguas mitológicas en la que todos estamos llamados a dejar huella en la
conciencia colectiva, a generar el cambio.
En la segunda sala observamos
una pintura de grandes dimensiones de una gama cromática de tonalidades grises
y plateadas que nos hacen sentir que estamos ante un muro, un muro con el que
el artista genera un juego de perspectivas que provocan en el espectador una
percepción de relieve en una superficie plana, estas marcas deslizadas de
“relieve” nos hacen ver la vida como una superficie plana en la que cada trazo
representa una experiencia. Estos trazos se cruzan entre sí recordándonos el
mayor de los errores del hombre: creer que está solo en el mundo; Amondraín nos
hace ver este error garrafal entrecruzando los trazos, las vivencias de una
persona que se cruzan con las de otras.
En la ultima sala observamos
entre otras obras una fotografía en cuya mitad superior encontramos una imagen
desenfocada debido a la velocidad con la que se ha tomado la fotografía de una
casa de campo rodeada de un prado verde. Y en la mitad inferior de la obra, se
aprecia una mujer con el torso descubierto, lo cual nos hace reflexionar: el
sexo, la posesión de bienes materiales como una casa… son bienes caducos, que
desaparecen con el tiempo, y en este momento en el que relacionamos la
totalidad de la obra con su marco de calaveras en relieve únicamente nos viene
a la mente el tópico de: “tempus fugit”.
Otra de las obras de esta
tercera sala consiste en una vasija de la cual se derrama un líquido blanco que
cae por el borde del pilar que sostiene la vasija, esta imagen simboliza la
concepción griega del tártaro, al que únicamente se podía acceder con vida
precipitándose por el abismo del fin del mundo en el que los griegos creían
debido a su concepción de la tierra como una superficie plana.
En esta misma sala
encontramos una serie de 12 tablas esculpidas, cada una de ellas con dos frases
grabadas, las frases de cada tabla contienen las mismas letras, pero cada frase
en un orden distinto, aludiendo así a la teoría del caos: “…incluso el simple
aleteo de una mariposa puede desencadenar un huracán en la otra punta del mundo…”
(teoría del caos).
Y por ultimo encontramos un
cuadro de grandes dimensiones en el que se aprecia el mar blanco embravecido
del que antes hablábamos y el movimiento de este mar simboliza la cara de la
muerte pero con esa esperanza de renacer a una nueva vida.
En resumen, José Ramón
Amondraín logra con esta exposición hacernos volar por los paraísos mitológicos
del pasado, las reflexiones del presente y la proximidad del futuro. Así es
como gracias a Amondraín, en esta exposición, volamos sin alas.
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