Crítica a la exposición de José Ramón Amondarain "Caminar en Línea". Por Lucía Pozzo.
Nos
encontramos ante la exposición de un artista que bien podría ser el rey de los
ladrones. Pero él no se cuela en exposiciones de arte para arrancar las obras
de las paredes y llevarlas a su casa. Amondarain no es, técnicamente, un ladrón
material. El pintor observa las obras de distintos artistas, absorbiéndolas,
empapándose de ellas, descubriendo detalles que no conocen ni los propios
autores para así crear su propio arte.
El primer
contacto que tenemos con él en esta exposición es un largo pasillo blanco en el
que hay dispuestos simétricamente fotografías de conchas, mil tipos distintos, de
mil colores, formas y fondos. Pero lo que desconcierta es el nombre que hay
inscrito bajo ellas; ese es el dado el juego, el inicio, lo que hace que esa
creación tenga una historia y un misterio. Un luego no puede ser jugado sin un
dado, al mismo tiempo que esas obras no serían tan enigmáticas si no tuviesen
un nombre; las admirarías, pensando que son bonitas, pero ya está. Con esos
nombres, Amondarain consigue que nos detengamos un momento a pensar, a intentar
saborear, intuir y descubrir la semejanza entre los colores y las formas de las
conchas y las obras del pintor que tiene su nombre. Los colores irisados de
Grosse, como un arcoíris encerrado en una bola de cristal que puedes admirar
por años intentando descubrir un nuevo color, o los tonos dorados y arcaicos de
Leonardo. Nos encontramos ante un hombre que ha visto a Delaunay en una concha,
capaz de hacer arte con eso, capaz de dejarte mirando embelesado una fotografía
aparentemente sencilla intentando desvelar todos sus secretos.
Ese misterio
persigue a Amondarain en sus siguientes obras. Sobre una tabla de poliéster
aparecen grabadas unas extrañas formas que bien podrían ser bacterias
encerradas en una placa de Petri miradas por un microscopio, el “negativo” del
enrome cuadro que se alza ante nosotros, de colores blancos irisados,
representando un material que no parece de nuestro mundo, como si hubiese
robado un trozo de luna y lo hubiese pintado en el lienzo, logrando crear esos
relieves rugosos y esos vacíos lisos. Estos colores irisados y blanquecinos
persiguen a Amondarain, como una sombra encantada, en el siguiente óleo
expuesto en la galería, que presenta una sustancia informe, un material
derretido que bien podría ser la sangre del unicornio o el néctar de los
dioses. Pero algo siniestro se esconde tras esa bella sustancia líquida.
Jugando con luces y sombras, puede verse, si se mira bien, la forma de una
calavera pulida y blanca, derritiéndose ante lo que podría ser la desesperación
del pintor, el pánico por el ayer y lo que puede ser el mañana, por ese
interior atormentado ante la idea de la muerte que todos tenemos dentro y no
sacamos al exterior, pero que se muestra en las acciones más cotidianas y
naturales. Porque el arte es abrir el alma aunque no se quiera, es desnudarse y
permitir que desconocidos miren los terrores más profundos y desagradables ante
los que uno mismo cierra los ojos.
Esta
exposición puede ser considerada como una oda a los
pintores, esos artistas que dan color (o monocromía) a nuestro anodino mundo, y
que hacen posible su arte. Sus nombres están por todas partes, te engullen, te
presentan a sus propietarios, como si así pudieses ver una parte de ellos pero
no la suficiente como para conocerlos realmente. Esas obras te dejan con esa
mezcla de melancolía y curiosidad que hace que desees llegar a casa para
investigar sobre ellos y conocerlos realmente. Podría decirse que esa pasarela de artistas
es una presentación de estos ante tu persona, única y exclusivamente, una
invitación a un mundo aún por descubrir.
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