miércoles, 2 de octubre de 2013

José Ramón Amondarain es Facebook

Ana Isabel del Casar Benítez

Facebook toma las fotografías subidas por sus clientes, las guarda en sus archivos y autoriza su utilización publicitaria sin ningún tipo de consentimiento expreso, con lo que cualquier persona en esa red social puede verse asociado a cualquier objeto o marca. Facebook crea así, generosa y no altruistamente, una nueva personalidad, aleatoria e inelegible. Lo mismo hace José Ramón Amondarain en su última exposición, donde, recurriendo a la obra de artistas reconocidos mundialmente, cuyas obras ya no les pertenecen a ellos, sino a la idiosincrasia de la “aldea global”, reflexiona sobre la manipulación y pérdida de la identidad propia. De este modo, la Galería Max Estrella se convierte en un foco de inquietud, acentuada por los tonos neutros y la falsa apariencia inofensiva.

Reciben al espectador pulcrísimas fotografías de conchas colocadas sobre bandejas de plástico, similares a las de un hospital, símbolo de higiene máxima, enfermiza y antinatural, como antinatural es la ausencia total de arena en las valvas y la asociación que realiza el pintor entre éstas y artistas como Matisse o Picasso, cuyos más reconocibles rasgos pictóricos (color intenso en el caso de Matisse, columnas en negro y blanco en el español-francés) se trasladan a esos elementos marinos que nada tienen que ver con lo representado. Resulta divertido realizar las asociaciones, jugar a ver quién es quién. Resulta curioso también ver cómo elementos naturales adelantan, de forma azarosa y no intencionada, las técnicas de los grandes innovadores de la pintura de los últimos tres siglos. Según Amondarain, no es que no haya nada nuevo bajo el sol, es que el hombre jamás ha inventado nada, por lo que la presunta superioridad mental del hombre actual resulta más digna de la risa que la aparente oscuridad mental del Medievo. Al menos entonces se habían dado cuenta de que el ser humano no tiene ninguna capacidad creativa, aunque, eso sí, confundieron los términos: Dios es la Naturaleza, único agente de creación, y tal vez de ahí el título de la serie, “Volver”, volver a los orígenes, a la base.

Sin embargo, esta exposición no es, ni de lejos, una exposición ecologista. Es una advertencia, un warning con una calavera roja sobre fondo amarillo, una muestra de lo fácil que es la manipulación de la identidad, el traslado de nuestras más íntimas características a lo más alejado a nosotros. Por si el espectador se queda en el juego de las asociaciones, la siguiente sala resulta mucho más explícita. De nuevo bajo un fondo plástico, Amondarain se apropia de nombres reconocibles, como Damien Hirst o Andy Warhol, entendiendo que el nombre es el culmen en el reconocimiento de la persona como tal (sin un nombre, nadie podría apelar a nada y a nadie). En consecuencia, el artista cambian el orden de las letras para crear frases irreconocibles (mismos ingredientes, distinto resultado), tanto en su significado (Rist hid name en el caso del artista británico) como en su conexión con el nombrado (Hold any war para el segundo ejemplo).


No obstante, Amondarain no se limita a mostrar el fenómeno de la manipulación perversa en casos ajenos, sino que los traslada al propio espectador en su obra “Poner en el fondo”, referencia inmediata a lo desechado. En esta vasija, existe un claro intento embellecedor en la capa de pintura blanca, inmaculada, en la que se ha impreso un bodegón perfecto en sus formas. Sin embargo, esta acción fracasa en su intento de ocultar las aristas negras que sobresalen en el borde de la pieza, alegoría de la imperfección propia que intentamos camuflar bajo las fotos sonrientes de nuestro Facebook. 

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