Por Lucía Martín Baena
Contar algo que ya está contado, hacer algo que ya está hecho, relacionar términos e imágenes con términos e imágenes ya relacionadas. Una reiteración de arte sobre arte, como una enciclopedia, un Diderot y un D´Alembert sabios por sus conocimientos, por su interpretación sobre ellos, por su recopilación y clasificación de ciencias y artes, por sus teorías ilustradas sobre unos conocimientos dispuestos en orden alfabético, y que sin embargo, no crean nada nuevo, pura metalingÜistica, llevada y sometida a la crítica ilustrada. Es incuestionable la importante labor de aquellos que analizan la literatura y el arte desde esos mismos campos, gracias a ellos, podemos interpretar el arte desde otros puntos de vista previamente desconocidos.
En eso se enfoca Amondarain en su exposición sobre sus últimos trabajos en la galería Max Estrella, en una interesante representación de los artistas y sus obras. Lo cierto es que el punto de vista que escoge, es un punto de vista inocente, que no naif, si no que desde su conocimiento sobre las obras y los artistas, en su serie fotográfica de ‘’moluscos’’ relaciona las conchas y las características de estos bivalvos con las obras de célebres artistas. Aquí describo su interpretación como inocente debido a que el reduccionismo que hace de un artista parece visto desde los ojos de un niño (eso sí, un niño con un conocimiento enciclopédico) y es aquí dónde me detengo para subrayar de nuevo lo interesante que es esta mirada, pues consiste en un revisionismo de las obras visto desde unos ojos alienígenas, es decir, tan sumamente externos a estas, que parece alguien nuevo, quizás venido de otro planeta y que por primera vez es sometido a un estudio de la historia del arte. Este alienígena, al volver a su planeta, explica a sus vecinos lo que ha aprendido y lo explica de la siguiente forma: `las obras de Matisse, son coloridas y naifs, son así’’ y entonces mostraría la concha colorida que aparece en la fotografía de Amondarain en referencia a Matisse.
Desde este mismo enfoque tenemos su serie de lápidas que parecen simples anagramas: Dora Maar / Dar o Amar pero que a la vez nos relacionan con alguna característica del artista, Dora Maar, enamorada de Picasso, representa a la mujer despechada que dio tanto que llegó a volverse paranoica, llegando a estar ingresada en el Hospital de Sainte-Anne. Lo cierto es que Amondarain plantea una obra bastante genial, pues el hecho de que sean lápidas, hacen que el anagrama sea como un epitafio, aquello caracterísitico que Amondarain ha encontrado en las vidas de los artistas y no solo eso, si no que parece cuestionar el destino de la persona a partir de su nombre, como si hubiese que leer entre líneas para averiguar el sino de una persona.
Leer entre líneas también podría ser una síntesis de la obra de Amondarain, lee entre líneas el arte, y así lo interpreta. Pero no solo se limita a ello. Amondaraín es ante todo un pintor, y se exponen dos cuadros de puro oleo, pegotes de oleo, pinceladas gruesas que representan textura, de una forma tan sutil que parecen fotografías ampliadas, de tal forma que de nuevo nos lleva a su mundo extraño de miradas externas y en esos óleos representa partes de fotografías o de objetos que al ampliarse tanto, son irreconocibles y se convierten en imágenes nuevas, que sugieren al que las observa nuevas interpretaciones.
Un cuestionamiento sobre el arte, sobre su variable interpretación en función del enfoque que se le quiera dar, que nos anima a no contentarnos con las clásicas definiciones que ha hecho la historia del arte, si no que nos sugiere a ir más allá, ha desarrollar una mirada crítica y nueva sobre todo lo establecido.
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