Crítica a la exposición de Jorge Barbi, por Natalia Platard de Quenin
Meigas, brujas y demás forman parte de esa tradición oral que
resiste al paso del tiempo. El retorno a unas raíces ancestrales que evocan no
sólo al diálogo entre hombre y naturaleza, sino también, a la fugacidad del
mismo. Así es la obra de Barbi, un juego en el que se va a producir una
transformación del paisaje. Metamorfosis que será efímera, como los hechizos de
una nigromántica o el tiempo que tardaremos en contar una fábula. Obra de la
que podremos disfrutar durante este mes de octubre en la Galería Bacelos.
Señales de Humo, es una recopilación de las señas de
identidad de Barbi: el azar, el paso del tiempo, sus juegos con el lenguaje y
Galicia. Podríamos hablar de una exposición dividida en dos pero, con un solo
objetivo, el de recordar al espectador que lo único que perdura es la idea de
que nada perdura. Tres Mosaicos de fotografías nos presentan la inclinación que
el artista ha tenido siempre por retocar la naturaleza. En esos guiños
constantes al Land Art, podemos presenciar su archivo de imágenes más personal. Más de veinte años, en los que Barbi se ha visto impulsado a retratar una escena para
la posteridad. Imágenes que nos están contando la historia del hombre y su
acción en la naturaleza, recordándonos que todos, en mayor o menor medida,
dejamos huellas en nuestro paso por la vida. Son huellas que desaparecen con el
paso del tiempo, a la velocidad con que se esfuman esas señales de humo de las que nos hablaba el artista. Una conversación
con la madre tierra, que nos indica que todos somos capaces de hacer arte. Todo
dependerá de los ojos con que queramos acercarnos a esa modificación del
paisaje. Desde luego, Barbi es capaz de encontrar belleza en sitios
insospechados y plasmarla para que no quede en el olvido. Es el elixir extraído
de paisajes gallegos, del campo y la playa, que servirán no sólo para mostrar
lo evidente, sino que además le permitirá extraer elementos que serán
utilizados para elaborar un lenguaje propio. Así, nos encontramos con una serie
de fotografías en las que a través del negro, resalta una serie de objetos hechos
en piedra, madera y hierro, materiales del campesino. Materiales que nos ha
dado la naturaleza y que hemos convertido en utensilios que nos ayudarán, no
sólo en nuestras tareas cotidianas, pero también, en ese proceso de continuas
intromisiones en lo natural, del que no podremos desprendernos nunca.
Herramientas que tuvieron un uso y recuerdan a un trabajo artesano. El artista
en si es un artesano, artesano de lo estético. Así nos lo recuerda con dos
obras en las que se reincide en esa idea de fugacidad, en las que probablemente
nos esté hablando de su propia brevedad. Obras en las que se ha construido un
lenguaje a través de un collage de imágenes, donde alude a piezas pasadas
como “Sendas de Caballo” o “Dos Bolas en el Desierto”, entre otras.
Nos encontramos ante un período en el que todo parece tener
una duración menor, en el que la obsolescencia programada ha superado la
barrera industrial. Con una maravillosa sensibilidad, Barbi nos lo recuerda,
nos ayuda a ir más allá, a plantearnos nuestra razón de ser y el sentido de
nuestro paso por el mundo. Pero también, nos habla de la belleza, de nuestra inevitable
interacción con la naturaleza y, de la posibilidad de encontrar y de hacer en
dicha interacción un momento sublime. Parecería que habláramos de Art Brut.
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