Crítica de la exposición de José Ramón
Amondarain por Natalia Platard de Quenin
Hace unos días tuve la oportunidad de ver
la exposición de José Ramón Amondarain, en la Galería Max Estrella. De la
muestra principalmente se desprende frescura, donde el artista ha conseguido
reinventar su temática. Experto en apropiarse de la creación de otros, para
posteriormente reconstruir su lenguaje, ha sabido ver llegar el momento
propicio para un cambio y así, darnos a conocer a un nuevo protagonista. Su obra
dedicada al Guernica, inspirada en las fotografías de Dora Maar, parece haber
marcado el punto final de una etapa. La acción principal ha pasado de la obra
al artista. En Amar Gana nos
encontramos con un homenaje al trabajo del artista contemporáneo. Una estética
minimalista, que choca con la complejidad de formas, donde elementos
tridimensionales van a provocar la confusión entre pintura y escultura.
Diferentes tonalidades de blanco van a servir para marcar el relato de una
profesión.
Un conjunto de fotografías son el
recibimiento. Cada una es una cocha o caracola, con el nombre de un artista
debajo. Nos encontramos ante una forma diferente de retrato. Si nos fijamos, la
agujereada concha de Lucio Fontana, está evocando a su concepción espacial; o
la caracola de Delaunay, donde colores pastel y formas circulares están
transmitiendo esa sensación de movimiento. Así, jugando con el género
fotográfico, Amondarain nos presenta una forma de retrato abstracto. Un retrato
que no pretende mostrar los atributos físicos, efecto que paradójicamente consigue
la fotografía a la perfección. Lo que se pretende es mostrar el alma del
trabajo del artista. Si la Neue Sachlichkeit quería revelar la
personalidad del retratado a través de lo visible, Amondarain abstrae aquellos
elementos que considera esenciales para conocer al “artista obrero”, y los
presenta de manera abstracta, reflejados en un objeto externo, que haría las
veces de espejo. Una vez introducido el artista, podemos pasar a contemplar su
alma artesana más de cerca, en un retrato que pretende ser universal.
La textura de los elementos de trabajo es central, es aquello que va a
ser manipulado para dar paso a la creación. Óleo, yeso, acrílico, plástico… materiales
que tendrán que pasar por un proceso de transformación, para convertirse en la
obra de arte. Un juego de adulteración que vemos representado en varias de las
obras expuestas. Acompañadas están por la mejor imagen del trabajo artesano,
que no es otra que la vasija en un pedestal, sobre el que se habría derramado
su contenido. Oficio y objetos que nos
vienen de la Antigüedad, al igual que la imaginación, presente siempre en el
proceso de elaboración. A la derecha tendríamos la representación de esa creatividad.
Un conjunto de cuadros esculpidos en blanco, que recuerda a la impronta que dejaban
los sellos cilíndricos. Nos están narrando el proceso de
creación, esa mezcla imprescindible de raciocinio planificado e improvisación
dadaísta. Así, Willem de Kooning es a Knew Oil
Modeling, o Andy Warhol es a Hold Any War. Juegos
de palabras con las herramientas que el artista tiene a mano, sin pretender dar
un significado, más que el de un subconsciente en movimiento.
El proceso creativo tiene un punto de culminación y, quizás por ello,
tenemos un marco con calaveras sobresalientes o un candado atado a un pedestal,
también de calaveras. Es el fin del objeto modificado, la tarea habría
concluido. Ahora hay que preguntarse cuál será el destino de la pieza nueva. El
punto último de llegada sería el museo, aunque si nos fijamos en la trayectoria
de Amondarain, sería a su vez el punto de partida. Una nueva etapa ha
comenzado. Con Amar es Ganar, Amondarain nos está presentando la
bienvenida del artista a su taller.
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