miércoles, 2 de octubre de 2013

Picasso en realidad era una concha.

Picasso en realidad era una concha.

Crítica de la exposición de J. R. Amondarain.
Macarena Ramos Valenzuela



En la primera exposición de sus obras particulares de Amondarain, podemos encontrar todo tipo de obras estrafalarias, y en su modo, originales a más no poder.
Adentrándonos en la exposición, se puede realizar una profunda reflexión sobre los retratos fielmente representados de artistas de principios del siglo XX como Matisse, Duchamp o el mismo Picasso.
¿Qué tiene que ver una concha marina (eso sí, a cada cual más bella, con sus colores y peculiaridades) con artistas de ese calibre? Me recuerda a los típicos retratos que hace un niño pequeño en los que una persona puede parecer perfectamente una lámpara de pie con un par de escobas atravesadas.
Y tienes que forzarte a decir "Oh, muchas gracias, es igualito a mí".
Estas conchas no son retratos, pero divide a los artistas en cada uno de sus estilos, a cada cual más peculiar y diferente.

Por otra parte, una obra de la sala contigua a las conchas detallaba que los hombres hemos sido enseñados siempre a buscar lo bello. A utilizar la superficialidad en su más alto parámetro. La divinidad, la belleza. Eso es comparable con los antiguos griegos, y su obsesión por la perfección formal y la búsqueda de la armonía en todas las producciones. Sin embargo si resalto algo verdaderamente hermoso de esa obra es el marco, deduzco hecho por el mismo autor. Las calaveras son sublimes.

Placas de cerámica con eslóganes y nombres pertenecientes a la Historia del Arte Contemporáneo, el más cercano a nosotros. Lo más divertido, es que esos eslóganes, o frases agudas las realiza con las mismas letras que forman los nombres de los artistas. Warhol admiraría esta obra por su naturaleza de apasionado de la publicidad; casi se puede comparar a su lata de sopa condensada Campbell. De tomate, por favor.. ¿Esta es la estética de nuestro tiempo?
La magia de la publicidad. La hipnosis de la publicidad. La diosa publicidad.

La obra, en mi opinión, más admirable de toda la producción es el soberbio lienzo, colocado contiguamente a los eslóganes, que representa lo que parece ser el movimiento de la pintura previa a convertirse en arte.
A mí me lleva a pensar que es una paradoja, un paradigma del propio ser humano. Es una pintura de pintura. Y los hombres hacemos eso, no hacemos más que pintar nuestra propia vida, tratándola de dar sentido. Cuando, en esencia, solo somos pintura. Somos el material con el que trabajamos.
Con el que realizamos lo que vamos a ser en un futuro. Pero ese futuro nunca podemos preverlo, ni siquiera imaginarlo.
Ortega y Gasset hablaba de que no hay ni pasado ni futuro. Sólo hay presente.
El pasado es el presente que recuerda y el futuro es el presente que imagina.
Además, el hombre es esencialmente tiempo. Y esta pintura me sugiere que el hombre pinta su propia vida, pero la pintura que utiliza para ello es el tiempo.
Su propia vida en movimiento.


Amondarain, apartándose de su estilo habitual de coger obras de otros artistas y reproducirlas a su manera, se ha atrevido a presentar representaciones (toma aliteración) de su propia mano. Y no creo que haya fallado.
Dejando de lado el hecho de que una de sus obras que se complementan entre sí parezca la reproducción plateada de una célula, es una exposición interesante de visitar. Si uno es partícipe del arte innovador y espontáneo, en esta exposición puede encontrar un interesante punto de vista de la Historia del Arte Contemporáneo, el más cercano a nosotros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario