Virginia Merchán suita.
Cuando una obra va más allá de la mirada, cuando es tactible
y permite la intrusión de la vista para acariciarla, es una percepción admirable
y sola y únicamente nos percatamos de eso con la propia introducción en la obra. Eso es lo que
me trasmitió la exposición Amar gana de
Jose Ramón Amondarain. Utiliza un método bastante singular, es un engaño a la observación,
ya que parece como si la obra se aproximara hacia nosotros, la verdad es que me
recuerda mucho a lo que dijo Estrabón cuando se construyó la estatua del templo
de Zeus:
“…tenemos la impresión
que si se levantara rompería el techo del templo”
Es decir, algunas obras parece que se van a salir de su acotación,
por ello juega con la idea del límite entre el espectador y la obra. Esto es
algo que me sorprendió gratamente porque ninguna de las obras desafió mi inadversión.
Cada una de ellas aportaba algo en mí y eso me llevó a seguir buscando. En esta
búsqueda de lo desconcertante descubrí que probablemente lo que aquellas obras tenían
en común es la unificación entre pintura escultura y fotografía, además de un popurrí
de sensaciones abstractas e introvertidas.
Esta unificación visual nos da a
conocer el arte desde los diferentes puntos de vista donde al final se exhibe
en un desconcierto que nos lleva a la reflexión.
La necesidad al tacto sugiere quizá una evocación al happening, donde el
espectador forma parte de la obra e interactúa con la misma. En este caso no es
del todo así pero la implicación en la obra y el entendimiento a través de la
mirada y el tacto nos hacen caminar sobre otra dimensión en la que las obras
nos gritan, queriendo salir y convertirse en uno más, para ver su propia exposición
y juzgarse a sí mismas. Esta transformación óptica es una afinidad al
espectador en la que el juego simultáneo entre “el que mira y lo que atrapa a
la mirada, pero a la vez quiere escapar”, es algo sustancial en la exposición.
Hay una cercanía hacia la muerte del arte como algo visible
para su conversión en algo tactible. La cercanía con algunos artistas contemporáneos alude a la influencia que han provocado en su
obra, tanto que se ha permitido colocar sus nombres en dos zonas de la galería,
una representando una relación establecida entre el autor y la imagen y otra
relacionando al artista con un juego de palabras que para él tienen conexión
con el mismo. Esta proximidad hacia algunos artistas como Duchamp, le acercan
cada vez más al arte conceptual, como bien he citado anteriormente. Entonces,
J.R Amondarain podría situarse en un punto de inflexión entre arte meramente
visual y el conceptual.
En
esta exposición es más advertible la mirada de las obras hacia nosotros que al revés,
ya que con su propia esencia nos llaman y nos intentan decir algo. Constituye
una composición entre la transformación de la fotografía en pintura, la conversión
de la escultura en pintura, o quizá de la pintura en escultura. Este
llamamiento a la innovación y al olvido de su propio lugar de origen, nos invita a la
reflexión, al pensamiento de que estamos presenciando una conversión del arte y
justo hemos llegado en el intermedio de
la mutación.
En
definitiva, J.R Amondarain establece un punto medio en el que la observación no
es suficiente para la apreciación de las obras, sino requiere una mera introducción
y entendimiento de las obras desde una perspectiva tactible, por ello juega con la asociación y el vinculo entre pintura,
escultura y fotografía.
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