Ángela López Isla
¿Cómo se llama el arte cuando escribe mas arte? ¿re-arte? Esta
fue mi pregunta tras la obra de Amondaraín al salir de la Galería con nombre de
Esperpento, y cuento mi sensación al abandonar la calle San Tome ya que no
considero ilícita para este tipo de texto mi pregunta a la entrada. Y es
que en un primer momento la Colección de Conchas se había fundido en el blanco
impoluto de la pared y solo pude ver al fondo un cuadro de esos que solo
sientes producto de la imaginación, uno de esos oleos en los que la gente
pregunta ¿eso es arte? ¿belleza? ¿sublime?... claro que digo la gente en
general y es alguna vez, nosotros, en particular. Pero resulta que para
sorpresa de todos el título de la obra que encontramos al trazar la diagonal responde a cualquier tipo de
pregunta similar a las anteriores “Verdad, Bondad y Belleza”, y quizás sean
estos brochazos el “entretacto” de la obra de Amondaraín, su presentación,
y la nada a primera vista del espectador sea el trasfondo de su belleza,
como son verdad la muerte para Vilariño y los lazos de altura, otra vida
para esas calaveras unidas por un imperdible.
Sin
embargo, y de vuelta a mi primera pregunta ¿qué es lo que está haciendo
Amondaraín con las fotografías de conchas sobre el nombre de esos grandes
artistas contemporáneos? un trocito de mar, nuestra infancia y aquellos
utópicos collares de conchas que siempre quisimos hacer quedan aquí resaltados
sobre el nombre de Leonardo, Tapies o el comic de Lichtenstein, resultado del
llamamiento de Amondaraín a sus consagradas obras como la figura de quien se
coloca una de esas caracolas en la oreja para anhelar el eterno mar. Tanto es
así que hasta Marcel Duchamp aparece, y en mi opinión no solo
bajo el anhelo de una concha sino también de manera implícita en su controvertida
idea del Ready Made que José Ramón parece tomar al crear su
“Segunda Piel” con una foto de la premiada en la Bienal de Venecia del año
2000, Pipilotti Rist, junto a una cita que hace referencia a la obra ya antes
comentada y que tanto impacto me causó, We were taught to look for
truth goodness and beauty (nos han
enseñado para buscar la verdad, bondad y belleza) y es así como nos han enseñado,
adiestrados ante el concepto de belleza, verdad y bondad. Concepto que es, en
parte, tan variable como el orden de las cosas, y con el orden de las cosas
también me refiero a la posición de las letras. Y es en este punto de
variabilidad y cambio donde aparece la más elocuente obra de la exposición
donde Amondaraín juega con cada letra del nombre de reconocidos artistas, otra
vez como anhelo o ejemplo de virtud, hasta llegar a pequeños mensajes casi
sacados del ahora famoso surrealismo; así Pollock saca disco de una detestable
secta religiosa, Warhol sostiene una guerra y Tapies sabe de pasión.
En
definitiva así es la obra de este artista, que nos deja espacio a la libre interpretación
de toda ella y como con “lo comido por lo servido”, sin la potestad de
clasificarlo como escultura, ni pintura, rompe con la “antigua” idea de Bellas
Artes que acoge solo las tres únicas disciplinas. Ruptura con la que Amondaraín
nos acerca a este magnífico juego entre pintura, fotografía,
escultura y en parte, poesía.
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