miércoles, 2 de octubre de 2013

UN MOMENTO: RECAPITULEMOS. (NO APTO PARA IMPACIENTES).

Por Marta Miguel.

Absolutamente todo ser humano con una mínima capacidad reflexiva se ha preguntado en cierta ocasión qué habría ocurrido si en su amplio viaje vital hubiese escogido una pista diferente a la que optó por seguir cuando no había una única alternativa para continuar. Pues bien, esta aparente atmósfera creada cuando nos consideramos sabios de toda la filosofía habida y por haber, es absolutamente falsa. No sirve de nada cuestionarse en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Es inútil, y sobre todo, insípido. La única manera productiva o acaso real de saber qué pasaría si se hiciese una cosa u otra, es, paradójicamente, mediante elementos materiales, como la pintura, porque los hechos no se pueden rescatar ni modificar. Y es a estas alturas de cavilación cuando entran en escena Amondaraín y su obsesiva reflexión sobre las infinitas posibilidades del proceso creativo, así como las muestras tangibles de los elementos conceptuales que intervienen en la creación artística, partiendo de la pintura como punto de despegue hacia un mundo casi infinito de posibilidades. De alguna manera el trabajo del artista consiste en regalar un pequeño protagonismo a todos aquellos minúsculos integrantes de un conjunto, de cuya relevancia no somos conscientes.

“Evidentemente, la vida es sólo un continuo proceso de deterioro”, decía F. Scott Fitzgeral. Malgastamos la nuestra tratando de encontrar fines; huimos del medio orientador, el medio sin el que nunca optaríamos a nada. El medio al que tanta importancia otorgaban los filósofos clásicos. Pues el medio es a veces más bello que la proposición. Nunca se tiene en cuenta, y cuando los borregos en rebaño buscamos un museo, no apreciamos la belleza de la ciudad desconocida. Las a mi juicio más bellas obras de la exposición, Verdad, bondad y belleza y Entretacto, se me antojan las más sinceras. La primera, aquel óleo marginado, triste y aparentemente inútil que recuerda a una desagradable máscara de gas, así como a muchos objetos y ninguno al mismo tiempo dentro de esa “nada”, trata de transmitirnos la pena del que se siente ignorado. La segunda, en cambio, está haciendo un claro símil con un pequeño hormiguero. El constante y aparentemente insignificante trabajo de las hormigas es bello. Sí, lo es. La naturaleza es bella del mismo modo que lo son los polizones del viaje creativo.

Decía el gran Houdini que su cerebro era la clave que definía su mente libre. A Amondaraín le ocurre algo muy parecido, y concede a sus ideas la misma importancia que a sus obras. Tanto es así que la ocurrencia se transforma en arte, ¿no?. No únicamente. Más allá de la ocurrencia y las casualidades está el trasfondo con el que el artista nos quiere transmitir su dimensión de trabajo: la incalculable cantidad de posibles alternativas que se le muestran en su proceso creativo le llevan a tratar de expresar con la serie de anagramas la posibilidad de parar el tiempo, para terminar dando una forma totalmente opuesta a algo que estaba pensado para ser de otra manera, pese a la utilización de los mismos elementos a priori. Algo similar sucede con la colección de conchas en la que se nos muestra, de manera sencilla y meramente conceptual, cómo varios puntos sin aparente conexión lógica, pueden realmente tener un nexo totalmente sensato. Aunque quizá sea excesiva la cantidad de modelos dentro de cada serie, resulta ciertamente interesante la veracidad de este razonamiento que, como vengo diciendo, no es apta para impacientes.

Por último quisiera hacer relucir los objetos exentos mostrados en esta conmovedora exposición,que reivindican una vez más, por muy extraño que sea, su importancia en la pintura. Y es que todo podría ser trasladado a la vida cotidiana. Resulta desconcertante. Objetivo cumplido.


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