Por Marta Miguel.
Absolutamente todo ser
humano con una mínima capacidad reflexiva se ha preguntado en cierta
ocasión qué habría ocurrido si en su amplio viaje vital hubiese
escogido una pista diferente a la que optó por seguir cuando no
había una única alternativa para continuar. Pues bien, esta
aparente atmósfera creada cuando nos consideramos sabios de toda la
filosofía habida y por haber, es absolutamente falsa. No sirve de
nada cuestionarse en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo. Es
inútil, y sobre todo, insípido. La única manera productiva o acaso
real de saber qué pasaría si se hiciese una cosa u otra, es,
paradójicamente, mediante elementos materiales, como la pintura,
porque los hechos no se pueden rescatar ni modificar. Y es a estas
alturas de cavilación cuando entran en escena Amondaraín y su
obsesiva reflexión sobre las infinitas posibilidades del proceso
creativo, así como las muestras tangibles de los elementos
conceptuales que intervienen en la creación artística, partiendo de
la pintura como punto de despegue hacia un mundo casi infinito de
posibilidades. De alguna manera el trabajo del artista consiste en
regalar un pequeño protagonismo a todos aquellos minúsculos
integrantes de un conjunto, de cuya relevancia no somos conscientes.
“Evidentemente, la vida
es sólo un continuo proceso de deterioro”, decía F. Scott
Fitzgeral. Malgastamos la nuestra tratando de encontrar fines; huimos
del medio orientador, el medio sin el que nunca optaríamos a nada.
El medio al que tanta importancia otorgaban los filósofos clásicos.
Pues el medio es a veces más bello que la proposición. Nunca se
tiene en cuenta, y cuando los borregos en rebaño buscamos un museo,
no apreciamos la belleza de la ciudad desconocida. Las a mi juicio
más bellas obras de la exposición, Verdad, bondad y belleza y
Entretacto, se
me antojan las más sinceras. La
primera, aquel óleo marginado, triste y aparentemente inútil que
recuerda
a una desagradable máscara de gas, así
como a muchos objetos y ninguno al mismo tiempo dentro de esa
“nada”,
trata
de transmitirnos la pena del que se siente ignorado. La
segunda, en
cambio,
está haciendo un claro símil con un pequeño hormiguero. El
constante
y aparentemente insignificante trabajo
de las hormigas es bello. Sí, lo es. La naturaleza es bella del
mismo modo que lo son los polizones
del
viaje creativo.
Decía
el gran Houdini que su cerebro era la clave que definía su mente
libre. A
Amondaraín le
ocurre algo muy parecido,
y concede a sus ideas la misma importancia que a sus obras. Tanto es
así que la ocurrencia se transforma en arte, ¿no?.
No únicamente. Más allá de la ocurrencia y las casualidades está
el trasfondo con el que el artista nos quiere transmitir su dimensión
de trabajo: la
incalculable cantidad de posibles alternativas que se le muestran en
su proceso creativo le llevan a tratar de expresar con la serie de
anagramas la
posibilidad de parar el tiempo, para terminar dando una forma
totalmente opuesta a algo que estaba pensado para ser de otra manera,
pese a la utilización de los mismos elementos a priori. Algo similar
sucede con la colección de conchas en la que se nos muestra, de
manera sencilla y meramente conceptual, cómo varios puntos sin
aparente conexión lógica, pueden realmente tener un nexo totalmente
sensato.
Aunque
quizá sea excesiva la cantidad de modelos dentro de cada serie,
resulta ciertamente interesante la veracidad de este razonamiento
que, como vengo diciendo, no es apta para impacientes.
Por
último quisiera hacer relucir los objetos exentos mostrados en esta
conmovedora exposición,que reivindican
una vez más, por
muy extraño que sea, su importancia en la pintura. Y es que todo
podría ser trasladado a la vida cotidiana. Resulta desconcertante.
Objetivo cumplido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario