Por Susana Castillo Coego.
Los últimos trabajos del artista vasco José
Ramón Amondaraín, “usurpador de arte”, se exponen en la Galería Max Estrella,
cuya entrada, fachada e interior no tiene nada que ver con lo que veremos
dentro, arte conceptual y contemporáneo.
“¿Por
qué caracolas?” nos preguntamos mientras damos un paso hacia delante por el
largo pasillo y vemos una tras otra imágenes que sin duda captan nuestro interés.
Célebres artistas son representados por conchas marinas, se trata de alguna
simbología preciosa que no se entiende. Como artista que debe ser Amondaraín, suponemos
que tendrá algún sentido, sin embargo para la mente de a pie no debe significar
más que la belleza que nos pueda aportar al ojo humano como símbolo marino. Grosse,
Duchamp, o Picasso son algunos de estos artistas que el autor ha elegido como
representantes de sus obras. Quizás el escoger un color y una especie diferente
de estas caracolas nos quiere decir que cada autor tiene su estilo, su “no sé
qué” que los hace únicos, diferentes del resto; y quizás también el autor de la
exposición los ha escogido por su manía de hacer suyas obras célebres como
nuestro querido “Guernica”. Buscar y encontrar un estilo propio es el mayor
trabajo al que se expone un artista, y Amondarain lo ha conseguido.
Un marco un tanto patético a juzgar por el
acabado simple de color grisáceo y con elementos decorativos en forma de
calaveras nos muestra una imagen dividida en dos, con un mensaje al que no se
identifica el sentido con el marco que lo porta. “Nos enseñaron a buscar la
verdad, la bondad y la belleza”, nos dice literalmente las imágenes fundidas de
un misterioso paisaje y una joven monocroma en sintonía con la naturaleza, es
decir, desnuda. ¿Fotografías o cuadros? nos preguntamos al entrar en las
habitaciones. Jugamos con la vista y la percepción, obras realistas que imitan
algo simbólico: Pintura que imita pintura, simplificación de la realidad; El
alma expresada con el alma, identificamos una gran obra pictórica enfocada desde
la propia pintura, reflejo de lo que somos en verdad, alma atrapada en el
cuerpo, metáfora de lo que somos y queremos ser. Una mirada a través del “alma”
de esta pintura nos descubre algo que intenta parecerse a una calavera, y digo
intenta porque el ojo inexperto ve algo abstracto, erróneo de lo que en verdad
es.
Retomando las preguntas hacia uno mismo, con
la siguiente obra pictórica podríamos estar años cuestionándonos qué nos quiere
transmitir, el sentido o la intención que Amondaraín tiene de provocarnos algún
sentimiento al mirar tanto el modelo como la obra en sí. El modelo no es más
que una masa ahora ya seca cubierta por marcas de los dedos, colocadas al azar,
o tal vez no. El azar con el que la vida nos presenta una sucesión de
situaciones, personas y sentimientos, que entremezcladas forman en nuestro
pensamiento un amasijo caótico de experiencias, quedan reflejadas en las
huellas que vamos heredando a través de la historia, de nuestra propia
historia.
Leer el arte no es más que interpretar lo que
nuestros ojos captan, y darle un sentido propio influido por la intención del
autor, que a menudo no se corresponde con la realidad. José Ramón Amondarain,
como cualquier artista, se inspira en obras ajenas, autores admirados y
conocidos, y digamos, “roba”, su arte, su esencia, y lo hace suyo a través de
un nuevo enfoque. ¿Lo tenemos en cuenta a la hora de admirar una obra? Desde luego
que no, el arte es lo que nosotros queremos interpretar, y esto no es más que
sentimientos de lo más profundo del alma, no necesitamos de la opinión experta.
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