miércoles, 2 de octubre de 2013

El robobo de la jojoya

Por Susana Castillo Coego.
Los últimos trabajos del artista vasco José Ramón Amondaraín, “usurpador de arte”, se exponen en la Galería Max Estrella, cuya entrada, fachada e interior no tiene nada que ver con lo que veremos dentro, arte conceptual y contemporáneo.
 “¿Por qué caracolas?” nos preguntamos mientras damos un paso hacia delante por el largo pasillo y vemos una tras otra imágenes que sin duda captan nuestro interés. Célebres artistas son representados por conchas marinas, se trata de alguna simbología preciosa que no se entiende. Como artista que debe ser Amondaraín, suponemos que tendrá algún sentido, sin embargo para la mente de a pie no debe significar más que la belleza que nos pueda aportar al ojo humano como símbolo marino. Grosse, Duchamp, o Picasso son algunos de estos artistas que el autor ha elegido como representantes de sus obras. Quizás el escoger un color y una especie diferente de estas caracolas nos quiere decir que cada autor tiene su estilo, su “no sé qué” que los hace únicos, diferentes del resto; y quizás también el autor de la exposición los ha escogido por su manía de hacer suyas obras célebres como nuestro querido “Guernica”. Buscar y encontrar un estilo propio es el mayor trabajo al que se expone un artista, y Amondarain lo ha conseguido.
Un marco un tanto patético a juzgar por el acabado simple de color grisáceo y con elementos decorativos en forma de calaveras nos muestra una imagen dividida en dos, con un mensaje al que no se identifica el sentido con el marco que lo porta. “Nos enseñaron a buscar la verdad, la bondad y la belleza”, nos dice literalmente las imágenes fundidas de un misterioso paisaje y una joven monocroma en sintonía con la naturaleza, es decir, desnuda. ¿Fotografías o cuadros? nos preguntamos al entrar en las habitaciones. Jugamos con la vista y la percepción, obras realistas que imitan algo simbólico: Pintura que imita pintura, simplificación de la realidad; El alma expresada con el alma, identificamos una gran obra pictórica enfocada desde la propia pintura, reflejo de lo que somos en verdad, alma atrapada en el cuerpo, metáfora de lo que somos y queremos ser. Una mirada a través del “alma” de esta pintura nos descubre algo que intenta parecerse a una calavera, y digo intenta porque el ojo inexperto ve algo abstracto, erróneo de lo que en verdad es.
Retomando las preguntas hacia uno mismo, con la siguiente obra pictórica podríamos estar años cuestionándonos qué nos quiere transmitir, el sentido o la intención que Amondaraín tiene de provocarnos algún sentimiento al mirar tanto el modelo como la obra en sí. El modelo no es más que una masa ahora ya seca cubierta por marcas de los dedos, colocadas al azar, o tal vez no. El azar con el que la vida nos presenta una sucesión de situaciones, personas y sentimientos, que entremezcladas forman en nuestro pensamiento un amasijo caótico de experiencias, quedan reflejadas en las huellas que vamos heredando a través de la historia, de nuestra propia historia.

Leer el arte no es más que interpretar lo que nuestros ojos captan, y darle un sentido propio influido por la intención del autor, que a menudo no se corresponde con la realidad. José Ramón Amondarain, como cualquier artista, se inspira en obras ajenas, autores admirados y conocidos, y digamos, “roba”, su arte, su esencia, y lo hace suyo a través de un nuevo enfoque. ¿Lo tenemos en cuenta a la hora de admirar una obra? Desde luego que no, el arte es lo que nosotros queremos interpretar, y esto no es más que sentimientos de lo más profundo del alma, no necesitamos de la opinión experta.

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