miércoles, 9 de octubre de 2013

¿Esto es arte? Me da igual. Esto es VIDA

¿Esto es arte? Me da igual. Esto es VIDA

Ana Isabel del Casar Benítez

¿Qué es el arte? ¿Realmente es algo, lo sagrado de aquello que conmueve, o no es nada, una nada cotidiana, un  estado mental creado y aceptado colectivamente que lo tiene todo de volátil, de irreal? Estas preguntas, que han dado de sí muchas páginas, tratados y horas de filosofía, son barridas sin miramientos en una frase: “¿Esto es arte? Me da igual. Esto es VIDA”. La máxima es de Jorge Barbi, el artista que la pronunció de forma tranquila y pausada en la apertura de su exposición “Señales de Humo”, en la Galería Bacelos.

Y es que en dos pequeñísimas salas, Jorge Barbi recoge más de treinta años de vida, enfrascadas (atención al componente de delicadeza) en dos pequeñas-grandes obras: “Paso previo” y la trilogía “Producto de la necesidad, producto del azar, producto del juego”. Pequeñas por el formato, por la humildad del trabajo, alejado de cualquier escenario y pretensión grandilocuente, pero grandes por el amplio significado, las serenas reflexiones que acogen.

En la primera obra, cuatro fotografías acogen un conjunto de piezas oxidadas, herrumbrosas, colocadas de manera preciosista sobre un fondo negro que transmite minimalismo y profundidad. No importan las formas que originan las piezas, tampoco éstas, básicamente porque para el espectador son inaccesibles por incomprensibles, como un cotidiano y laico misterio de la Santa Trinidad, el misterio de la vida de Jorge Barbi.

Esas piezas colocadas cariñosa y ordenadamente no son sino restos de obras de arte comenzadas y no concluidas, fragmentos de sueños que nunca llegaron ni a ser comenzados o simplemente, testigos de sueños pasados, ajenos, recogidos en la costa gracias a la azarosa acción MRW del mar (y de ahí el título de la exposición, señales del humo que hubo, ruidos de nueces que ni existieron). Así pues, sólo Barbi llega a reconocer y a integrar en su contexto todos estos elementos, sólo él es capaz de llenar del significado exacto al significante.

Se produce así una vindicación del individuo, de la importancia de la vida propia, más allá de la colectividad que se inscribe en la Historia, pues esa vida es tan importante como para colgarla de las paredes de una galería, sin preocuparse por que a los demás les llegue a interesar. A Barbi le importa él y, en un principio, no necesita nada más, ninguna justificación (en un principio, porque, en verdad, sus obras sí tienen que importar a los demás, básicamente para que se las compren y él pueda continuar con esa vida que ahora expone). Así mismo, a través de la muestra de un significante aparentemente vacío, el artista incita a la curiosidad, invita al espectador a jugar e imaginar los significados no revelados.

Esa curiosidad es la misma que guía los pasos de Barbi y llena su mirada, a través de la cual ha recogido todas las fotografías que componen los tres piezas de la segunda serie, mostrando en cada uno de ellos objetos que son productos de la necesidad (un espantapájaros cuya cabeza es una gaviota muerte), del azar (excrementos de gaviotas con formas antropomórficas, perteneciente a su serie “Argentea”, desarrollada entre 1996 y 2002) o del juego (botellas de plástico que unos jubilados colocaron sobre unas cañas), tres razones por las cuales se crea arte sin intención de ello.


De este modo, Barbi, no sólo recuerda el debate sobre la definición del arte, sino que marcha contra la mercantilización del mismo (sea lo que sea), que ahora exige un aura de trascendencia infinita, un marketing metafísico que olvida la humildad de lo sencillo. 

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