¿Esto es arte?
Me da igual. Esto es VIDA
Ana Isabel del Casar Benítez
¿Qué es el arte?
¿Realmente es algo, lo sagrado de aquello que conmueve, o no es nada, una
nada cotidiana, un estado mental creado y aceptado colectivamente que lo
tiene todo de volátil, de irreal? Estas preguntas, que han dado de sí
muchas páginas, tratados y horas de filosofía, son barridas
sin miramientos en una frase: “¿Esto es arte? Me da igual. Esto es VIDA”. La
máxima es de Jorge Barbi, el artista que la pronunció de forma tranquila y
pausada en la apertura de su exposición “Señales de Humo”, en la Galería
Bacelos.
Y es que en dos
pequeñísimas salas, Jorge Barbi recoge más de treinta años de vida, enfrascadas
(atención al componente de delicadeza) en dos pequeñas-grandes obras: “Paso
previo” y la trilogía “Producto de la necesidad, producto del azar, producto
del juego”. Pequeñas por el formato, por la humildad del trabajo, alejado de
cualquier escenario y pretensión grandilocuente, pero grandes por el amplio
significado, las serenas reflexiones que acogen.
En la primera
obra, cuatro fotografías acogen un conjunto de piezas oxidadas, herrumbrosas,
colocadas de manera preciosista sobre un fondo negro que transmite minimalismo y profundidad. No importan las formas que originan las piezas,
tampoco éstas, básicamente porque para el espectador son inaccesibles por
incomprensibles, como un cotidiano y laico misterio de la Santa Trinidad, el
misterio de la vida de Jorge Barbi.
Esas piezas
colocadas cariñosa y ordenadamente no son sino restos de obras de arte
comenzadas y no concluidas, fragmentos de sueños que nunca llegaron ni a ser
comenzados o simplemente, testigos de sueños pasados, ajenos, recogidos en la
costa gracias a la azarosa acción MRW del mar (y de ahí el título de la
exposición, señales del humo que hubo, ruidos de nueces que ni existieron). Así
pues, sólo Barbi llega a reconocer y a integrar en su contexto todos estos
elementos, sólo él es capaz de llenar del significado exacto al significante.
Se produce así una
vindicación del individuo, de la importancia de la vida propia, más allá de la
colectividad que se inscribe en la Historia, pues esa vida es tan importante
como para colgarla de las paredes de una galería, sin preocuparse por que a los
demás les llegue a interesar. A Barbi le importa él y, en un principio, no
necesita nada más, ninguna justificación (en un principio, porque, en verdad,
sus obras sí tienen que importar a los demás, básicamente para que se las
compren y él pueda continuar con esa vida que ahora expone). Así mismo, a
través de la muestra de un significante aparentemente vacío, el artista incita
a la curiosidad, invita al espectador a jugar e imaginar los significados no
revelados.
Esa curiosidad
es la misma que guía los pasos de Barbi y llena su mirada, a través de la cual ha
recogido todas las fotografías que componen los tres piezas de la segunda
serie, mostrando en cada uno de ellos objetos que son productos de la necesidad
(un espantapájaros cuya cabeza es una gaviota muerte), del azar (excrementos de
gaviotas con formas antropomórficas, perteneciente a su serie “Argentea”,
desarrollada entre 1996 y 2002) o del juego (botellas de plástico que unos
jubilados colocaron sobre unas cañas), tres razones por las cuales se crea arte
sin intención de ello.
De este modo,
Barbi, no sólo recuerda el debate sobre la definición del arte, sino que marcha
contra la mercantilización del mismo (sea lo que sea), que ahora exige un aura
de trascendencia infinita, un marketing metafísico que olvida la humildad de lo
sencillo.
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