“Amar gana”, Jose Ramón
Amondarain
Por Jorge Belloso Miranda
Ver, coger, mirar, abrir, sacar,
soltar, mirar… volver a abrir, volver a sacar, volver a soltar, volver a coger…
igual que descubriendo una matrioska o muñeca rusa, que si bien el artesano que
la realizó puede llevarte a la desesperación reduciendo la figura a la mínima
expresión, a la milésima de la milésima de lo que en un primer momento se te
presenta. Al igual que la figura matrioska, es la sensación que se puede sentir
al presenciar las obras de Jose Ramón Amondarain, localizadas en la galería Max
Estrella, pertenecientes a su exposición: “Amar gana”. O al igual que un mago,
tras realizar un truco de magia, comienza a sacar pañuelos de diversos colores,
uno tras otro… con la sensación de que al final el artista en cuestión, y tras
un buen rollo de pañuelos, predices que: o se acaban los pañuelos o se queda en
cueros… Esa es la sensación que creo que transmiten las obras pertenecientes a
esta exposición del artista Jose Ramon Amondarain. Y es que conjuga de forma
tan extraordinaria artes plásticas como la escultura, pintura o fotografía en
una misma obra, que puedes fácilmente llegar a la locura intentando desentrañar
cuál de éstas es la dominante, donde se encuentra el origen de la obra. La sala
blanca, “white cube”, además invita a
ello. A sumergirse en la obra y en la locura, en busca de un origen, en
desenlazar una trama, de la que sabes ya de antemano, que no tiene solución; o
que al menos, ésta no está a tu alcance. Ni al tuyo, ni al de nadie; y tal vez
ni si quiera al del artista y creador de la misma.
Y para ello, para introducir al
espectador en la trama de la obra y en la locura de esta, el artista se sirve
de diversos recursos, tales como: la maleabilidad de los materiales
pertenecientes a una escultura que en sí no existe, la plasticidad del óleo en
una pintura que no vemos o la impresión de una fotografía que no apreciamos.
Pero no todo es tan difícil, encontramos en la exposición obras que podemos
apreciar con total claridad: anagramas de palabras de las cuales volver a
conjugar y reinventar ya no hay huevos (con perdón), o la relación entre
nombres y conchas de las que con facilidad puedes no establecer ninguna
conexión. Sin embargo, dentro de toda esta locura de conexiones, y trama de
relaciones entre los diferentes aspectos, dentro de las salas “white cube” que vas recorriendo, que
recorres por completo y que te arrancas otra vez a recorrer, te das cuenta de
que puedes mandar al carajo todas estas conexiones y sincretismos en las obras.
Que lo que de verdad te lleva a pararte delante y contemplarlas, que lo que te
congela en mitad de la sala blanca, es la materialidad de las mismas. Y la
recreación de la obra en sí, la lucha y tensión que existe dentro de la obra a
raíz de una conexión de elementos que si bien puedes no entender, claramente se
hacen patentes en la misma. Esto es lo que te lleva a recorrer las salas una y
tres veces, y a contemplar la obra una y otra vez, con la sensación de que no
estás mirando la misma obra que observaste al principio. Esto es lo que te
lleva a adquirir una de estas obras, y recrearte y recrearla observándola, como
un círculo cerrado. Similar a un niño que escucha una nana una y mil veces,
como un círculo cerrado, continúo, la reinterpreta en sus odios nuevamente una
y otra vez...
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