jueves, 3 de octubre de 2013

MATRIOSKA

“Amar gana”, Jose Ramón Amondarain


Por Jorge Belloso Miranda

Ver, coger, mirar, abrir, sacar, soltar, mirar… volver a abrir, volver a sacar, volver a soltar, volver a coger… igual que descubriendo una matrioska o muñeca rusa, que si bien el artesano que la realizó puede llevarte a la desesperación reduciendo la figura a la mínima expresión, a la milésima de la milésima de lo que en un primer momento se te presenta. Al igual que la figura matrioska, es la sensación que se puede sentir al presenciar las obras de Jose Ramón Amondarain, localizadas en la galería Max Estrella, pertenecientes a su exposición: “Amar gana”. O al igual que un mago, tras realizar un truco de magia, comienza a sacar pañuelos de diversos colores, uno tras otro… con la sensación de que al final el artista en cuestión, y tras un buen rollo de pañuelos, predices que: o se acaban los pañuelos o se queda en cueros… Esa es la sensación que creo que transmiten las obras pertenecientes a esta exposición del artista Jose Ramon Amondarain. Y es que conjuga de forma tan extraordinaria artes plásticas como la escultura, pintura o fotografía en una misma obra, que puedes fácilmente llegar a la locura intentando desentrañar cuál de éstas es la dominante, donde se encuentra el origen de la obra. La sala blanca, “white cube”, además invita a ello. A sumergirse en la obra y en la locura, en busca de un origen, en desenlazar una trama, de la que sabes ya de antemano, que no tiene solución; o que al menos, ésta no está a tu alcance. Ni al tuyo, ni al de nadie; y tal vez ni si quiera al del artista y creador de la misma.


Y para ello, para introducir al espectador en la trama de la obra y en la locura de esta, el artista se sirve de diversos recursos, tales como: la maleabilidad de los materiales pertenecientes a una escultura que en sí no existe, la plasticidad del óleo en una pintura que no vemos o la impresión de una fotografía que no apreciamos. Pero no todo es tan difícil, encontramos en la exposición obras que podemos apreciar con total claridad: anagramas de palabras de las cuales volver a conjugar y reinventar ya no hay huevos (con perdón), o la relación entre nombres y conchas de las que con facilidad puedes no establecer ninguna conexión. Sin embargo, dentro de toda esta locura de conexiones, y trama de relaciones entre los diferentes aspectos, dentro de las salas “white cube” que vas recorriendo, que recorres por completo y que te arrancas otra vez a recorrer, te das cuenta de que puedes mandar al carajo todas estas conexiones y sincretismos en las obras. Que lo que de verdad te lleva a pararte delante y contemplarlas, que lo que te congela en mitad de la sala blanca, es la materialidad de las mismas. Y la recreación de la obra en sí, la lucha y tensión que existe dentro de la obra a raíz de una conexión de elementos que si bien puedes no entender, claramente se hacen patentes en la misma. Esto es lo que te lleva a recorrer las salas una y tres veces, y a contemplar la obra una y otra vez, con la sensación de que no estás mirando la misma obra que observaste al principio. Esto es lo que te lleva a adquirir una de estas obras, y recrearte y recrearla observándola, como un círculo cerrado. Similar a un niño que escucha una nana una y mil veces, como un círculo cerrado, continúo, la reinterpreta en sus odios nuevamente una y otra vez...

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