ALICIA LEAL-03/10/2013
No
nos equivoquemos, no hablo de milagros ni de paisajes los cuales no han sido retocados
con photoshop, del todo. Me refiero a que así es cómo uno mismo se siente al
ver algo tan extraordinariamente insólito. De qué manera las personas conmovidas
en su plenitud intentan captar la luz que un artista ajeno a su entorno
transmite a través de sus obras. No es difícil imaginar qué gesto tendríamos si
nos enseñan una tablilla del templo más remoto de Mesopotamia. Aquella escritura
cuneiforme que sin quererlo tiene un atractivo a gran escala. ¿Qué nos querrán
decir con esto? ¿A qué se refiere? ¿Qué significa? Preguntas que vagan por nuestros
pensamientos ávidas de deseo de conocimiento, de entender qué tenemos delante
y qué quiere decirnos. La exposición se presenta sinuosa, si bien con cierto
aire selecto. La relación incorpórea y apabullante de las obras hace a uno
mismo crear una estrecha y efímera línea de conexión con el artista. Sin
embargo a nosotros, tan inocentes, el primer pensamiento que nos recorre cada milímetro
cuadrado de nuestra cabeza es: “qué colores tan bonitos” y es que déjenme decir
que en eso no hay ninguna duda de que lo bello es bello y lo bonito incluso
magnifico. Pero Amondarain va más allá de lo estrictamente colorido sin más, él
juega con el significado de las cosas, y las cambia a su antojo para que usted, en su más remota y dulce inocencia se haga la dichosa pregunta: ¿por qué?. Inofensivo
juego de anagramas que en el fondo describe la cualidad más espectacular que
otro con palabras, tal vez no sea capaz de explicar. Por otro lado, no es siquiera impensable, que esta exposición se nos presenta como, quién sabe, un
fanatismo a los ojos de un niño. Como un admirador cualquiera busca un sobrenombre
a su Dulcinea cuando Don Quijote ya la había definido como “emperatriz de la
Mancha”.
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| Jose Ramón Amondarain Lazos de altura, 2013 |
Y
lo que más sigue sobrecogiendo al espectador sin ninguna duda, desde la más
humilde de las experiencias, es que le hagan creer lo que se está viendo,
intentar alcanzar lo probablemente inalcanzable. Existe, sí, pero no como
creemos ya que les desvelaré un secreto humano: la vista nos engaña y el
artista utiliza su ingenio para hacerlo también. Juego piadoso de palabras,
dibujos que parecen cosas que no son. Simplemente es un lienzo en blanco, cómo
es posible que aparente tener brillos tan inocuos que hacen ver lo que el tacto
no puede experimentar, sedientos de llegar más allá de lo meramente visible y
es que así es el sentimiento que uno vive desde que se embarca en el
apasionante mundo de la inexplorada cabeza de un artista. Permitan que me quede
con un último pensamiento antes de cerrar el telón, como cuando el director de
la obra de teatro cierra los ojos y suspira de alivio al escuchar levemente los
movimientos de los espectadores justo antes de aplaudir por más de diez
minutos, qué poco evidente es la muerte en nosotros, cuando se trata de una
cerradura disimulada o de un fondo negro recubierto de vivo colorido que no ha
sido más que, como he dicho ya, sarcasmo disfrazado y que cuando nos demos
cuenta sonriamos de manera disimulada, como cuando nos dan una evidencia tan obvia,
tan simple; que después de haberla conocido, en el fondo nos reímos pícaramente
de nosotros mismos diciendo: lo sabía y todo este tiempo lo supe.

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