Crítica de Amar Gana, de Amondaraín, por Fátima M. Marín Núñez
La frase que titula esta crítica, que parece sacada de la mente de una quinceañera hormonada, es en realidad una necesidad fundamental del ser humano: la de tener ídolos, un ejemplo a seguir, alguien en cuya obra apoyarse. Y más aún en esta época en que la música que escuchas, las películas que te gustan o los libros que lees, te definen como persona. En este momento, personajes como Justin Bieber o One Direction, que triunfan por su cara bonita y por cantar letras de otras personas, compositores que hablan sobre lo que niñas ingenuas quieren oír, en vez de lo que realmente piensan, mueven masas, agotan entradas en pocos minutos y llenan estadios con sus conciertos, algo que, durante la mayor parte del siglo XX, estaba sólo al alcance de unos pocos genios, dioses terrenales que pasaron a la historia de la música por crear algo novedoso y original con lo que la gente podía identificarse realmente, y que ahora tendrán que compartir podio con estos iconos adolescentes que, en poco tiempo, han llenado sus inexpertas billeteras con el verdadero ídolo de nuestro tiempo, el dios dinero.
Así, la última exposición de José Ramón Amondaraín, Amar Gana, se nos presenta como un homenaje a los ídolos que han marcado la vida del autor y, en gran medida, también su arte. Personalidades de la talla de Picasso, Andy Warhol, Lichtenstein, Antoni Tapies o Sherrie Levine, cada uno con su estilo particular, y con el que, a su manera, han cambiado la historia del arte contemporáneo al crear nuevos lenguajes estéticos, aparecen representados como simples conchas. De igual manera que un niño que juega en la playa y encuentra una concha perdida en la arena, la cual le parece única y bella, su más preciado tesoro hasta que encuentra una distracción mejor, Amondaraín nos abre su alma, mostrándonos sus pequeños tesoros permanentes, y haciéndoles de alguna manera suyos, como queriendo decir: ‘Esta es mi obra, represento a Picasso, y ahora puedo decir que de alguna manera formo parte de él porque mi obra, es decir, yo, está relacionado con él’.
La frase que titula esta crítica, que parece sacada de la mente de una quinceañera hormonada, es en realidad una necesidad fundamental del ser humano: la de tener ídolos, un ejemplo a seguir, alguien en cuya obra apoyarse. Y más aún en esta época en que la música que escuchas, las películas que te gustan o los libros que lees, te definen como persona. En este momento, personajes como Justin Bieber o One Direction, que triunfan por su cara bonita y por cantar letras de otras personas, compositores que hablan sobre lo que niñas ingenuas quieren oír, en vez de lo que realmente piensan, mueven masas, agotan entradas en pocos minutos y llenan estadios con sus conciertos, algo que, durante la mayor parte del siglo XX, estaba sólo al alcance de unos pocos genios, dioses terrenales que pasaron a la historia de la música por crear algo novedoso y original con lo que la gente podía identificarse realmente, y que ahora tendrán que compartir podio con estos iconos adolescentes que, en poco tiempo, han llenado sus inexpertas billeteras con el verdadero ídolo de nuestro tiempo, el dios dinero.
Así, la última exposición de José Ramón Amondaraín, Amar Gana, se nos presenta como un homenaje a los ídolos que han marcado la vida del autor y, en gran medida, también su arte. Personalidades de la talla de Picasso, Andy Warhol, Lichtenstein, Antoni Tapies o Sherrie Levine, cada uno con su estilo particular, y con el que, a su manera, han cambiado la historia del arte contemporáneo al crear nuevos lenguajes estéticos, aparecen representados como simples conchas. De igual manera que un niño que juega en la playa y encuentra una concha perdida en la arena, la cual le parece única y bella, su más preciado tesoro hasta que encuentra una distracción mejor, Amondaraín nos abre su alma, mostrándonos sus pequeños tesoros permanentes, y haciéndoles de alguna manera suyos, como queriendo decir: ‘Esta es mi obra, represento a Picasso, y ahora puedo decir que de alguna manera formo parte de él porque mi obra, es decir, yo, está relacionado con él’.
Al igual que cada concha es un reflejo del extraordinario y peculiar alma de estos artistas que Amondaraín adora, y de las que se sirve además como un medio para agradecerles su aportación a la historia del arte y también al suyo propio, el autor vuelve a descubrirnos un mundo nunca imaginado al utilizar como un modo de expresarse piezas de piedra, que pueden incluso recordarnos a esa forma particular de las lápidas, para mostrarnos nuevamente esos nombres que han sido tallados en la piedra de igual suerte que han sido tallados en lo más profundo de su ser. Sin embargo, estas piezas muestran una alteración con respecto a la serie de las conchas: el autor juega con las letras que conforman el nombre de sus artistas para crear máximas. Esta dislexia intencionada es también empleada en el mundo del cine, concretamente en la espeluznante y magistralmente interpretada por Leonardo DiCaprio Shutter Island, cuando al protagonista, Andrew Laeddis, su mente traumatizada le juega una mala pasada y cree ser Edward Daniels, como un intento de huir desesperadamente de ese pasado oscuro que le ha llevado a tener que vivir una vida que ya no le pertenece.
Y ese es el verdadero arte de Amondaraín, que le ha hecho ganarse un puesto como concha única y bella junto a sus ídolos entre la arena de la historia del arte, al crear, como ellos, un nuevo y personal lenguaje estético.
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