miércoles, 2 de octubre de 2013

A Mala Idea


“A Mala Idea”
  Rosa Medina


Parafraseando la descripción que de su pintura hace Fernando Huici, cabe afirmar que esta exposición de Jose Ramón Amondarain no solo responde a las expectativas de aquellos que conocían su obra, sino que es una atrayente invitación a conocerla para los que todavía eran ajenos a ella, no obstante su especial aportación, al mundo del llamado arte apropiacionista. Y parece ser hecha “a mala idea” porque la exposición que se presenta en la galería Max Estrella no puede ser concebida como el modo de pasar una agradable tarde de septiembre, sino que exige del que la visita, una involucración, un importante esfuerzo intelectual.
El título, “Amar gana”, es ya una pista de lo que uno se va a encontrar, un conjunto de obras con un hilo conductor: todas van más allá de lo que se percibe a simple vista, todas suponen un juego entre lo que el autor desvela en ellas y lo que el otro jugador (que no simple espectador) ha de adivinar.
Buscando quizás al pintor que él mismo dice ser, fácilmente se percibe sin embargo la diversidad de técnicas empleadas, desde la impresión digital en aluminio a las fotografías de lienzos al óleo, pasando por lápidas panetales de poliéster; diversidad que no supone una novedad, porque para Amondarain no hay líneas divisorias entre ellas (“la idea de pintura ha absorbido a lo que fue la fotografía” afirma), se pueden intercambiar, son solamente nuevas formas de lenguaje.
Amondarain ha sabido dar respuesta al problema al que se enfrenta el artista de nuestro tiempo y que ha sido señalado  por  José Jiménez, “esta todo hecho en el universo de la reproducción técnica”, buscando su propio código de representación. Código que supone “apropiarse” de las obras, que no de los artistas, que le interesan; apropiarse de las imágenes para intervenir sobre ellas, para reconducirlas; “me parece muy reaccionario el que alguien me diga que no puedo utilizar la imagen de otro en mi obra” dice el artista. Imagen entendida no como una simple reproducción de aquello que contempla, sino como un juego en el que mezcla lo real y la copia, bien sutilmente dejando que el espectador sea quien lo investigue (fotografías pintadas con  témpera y luego, otra vez, fotografiadas, esta vez con un ligero desenfoque), bien de forma abierta, incluyendo en ellas la imagen objeto de copia que, a la vez, está siendo objeto de copia.
Pero si, siguiendo una línea coherente con su obra anterior, se encuentra esa variedad de técnicas y esa búsqueda de lo que hay detrás de la imagen, podría pensarse que esta exposición supone un punto de inflexión, por cuanto en ella no ha traído la obra intervenida y por tanto apropiada de otros artistas, sino a los propios artistas. Asi, confirmando sus palabras “conocer bien la historia del arte es fundamental para el artista. Si no conoces a tus antecesores es difícil avanzar”, tanto en su serie de Anagramas como en la de las Caracolas, se encuentra un elenco, en algún caso repetido, de artistas a los que hace corresponder una frase (producto casual, o no tan casual, de la diferente colocación de las letras de su nombre), o describe, atribuyéndoles los diversos colores y formas de unas, paradójicamente, aisladas caracolas.
Finalmente, ese  juego que Amondarain mantiene con la imagen que no es suya, sino de otros, pero, al final, suya, parece desplazarse a aquellas de sus “propias imágenes”, que, no obstante desechadas, no deben perderse, quizás para ser intervenidas en un futuro, fundiendo todas ellas en una cúbica amalgama, que no podría tener mejor emplazamiento que el patio del Museo Reina Sofía.

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