“A Mala Idea”
Rosa
Medina
Parafraseando
la descripción que de su pintura hace Fernando Huici, cabe afirmar que esta
exposición de Jose Ramón Amondarain no solo responde a las expectativas de aquellos
que conocían su obra, sino que es una atrayente invitación a conocerla para los
que todavía eran ajenos a ella, no obstante su especial aportación, al mundo del llamado arte apropiacionista. Y parece ser hecha “a mala
idea” porque la exposición que se presenta en la galería Max Estrella no puede
ser concebida como el modo de pasar una
agradable tarde de septiembre, sino que exige del que la visita, una
involucración, un importante esfuerzo intelectual.
El título,
“Amar gana”, es ya una pista de lo que uno se va a encontrar, un conjunto de
obras con un hilo conductor: todas van más allá de lo que se percibe a simple
vista, todas suponen un juego entre lo que el autor desvela en ellas y lo que el
otro jugador (que no simple espectador) ha de adivinar.
Buscando quizás
al pintor que él mismo dice ser, fácilmente se percibe sin embargo la
diversidad de técnicas empleadas, desde la impresión digital en aluminio a las fotografías de lienzos al óleo, pasando por lápidas panetales de poliéster;
diversidad que no supone una novedad, porque para Amondarain no hay líneas
divisorias entre ellas (“la idea de pintura ha absorbido a lo que fue la
fotografía” afirma), se pueden intercambiar, son solamente nuevas formas de
lenguaje.
Amondarain ha
sabido dar respuesta al problema al que se enfrenta el artista de nuestro
tiempo y que ha sido señalado por José Jiménez, “esta todo hecho en el universo
de la reproducción técnica”, buscando su propio código de representación.
Código que supone “apropiarse” de las obras, que no de los artistas, que le
interesan; apropiarse de las imágenes para intervenir sobre ellas, para reconducirlas; “me
parece muy reaccionario el que alguien me diga que no puedo utilizar la
imagen de otro en mi obra” dice el artista. Imagen entendida no como una simple reproducción de aquello
que contempla, sino como un juego en el que mezcla lo real y la copia, bien
sutilmente dejando que el espectador sea quien lo investigue (fotografías
pintadas con témpera y luego, otra vez,
fotografiadas, esta vez con un ligero desenfoque), bien de forma abierta,
incluyendo en ellas la imagen objeto de copia que, a la vez, está siendo objeto
de copia.
Pero si, siguiendo
una línea coherente con su obra anterior, se encuentra esa variedad de técnicas
y esa búsqueda de lo que hay detrás de la imagen, podría pensarse que esta
exposición supone un punto de inflexión, por cuanto en ella no ha traído la
obra intervenida y por tanto apropiada de otros artistas, sino a los propios
artistas. Asi, confirmando sus palabras “conocer bien la historia del arte es
fundamental para el artista. Si no conoces a tus antecesores es difícil
avanzar”, tanto en su serie
de Anagramas como en la de las Caracolas, se encuentra un elenco, en algún caso
repetido, de artistas a los que hace corresponder una frase (producto casual, o
no tan casual, de la diferente colocación de las letras de su nombre), o describe,
atribuyéndoles los diversos colores y formas de unas, paradójicamente, aisladas
caracolas.
Finalmente,
ese juego que Amondarain mantiene con la
imagen que no es suya, sino de otros, pero, al final, suya, parece desplazarse
a aquellas de sus “propias imágenes”, que, no obstante desechadas, no deben
perderse, quizás para ser intervenidas en un futuro, fundiendo todas ellas en
una cúbica amalgama, que no podría tener mejor emplazamiento que el patio del
Museo Reina Sofía.
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