Un nuevo
renacimiento a través de “amar gana”
Alvaro Orosa
Talarewitz
Todos los
hombres somos contemporáneos de Homero. Puede que no nos demos cuenta, o que no
queramos admitirlo, pero nuestro pasado nos condiciona, y más concretamente,
nuestro pasado helénico. Su filosofía, su política, su lenguaje... su estética.
Nuestro arte bebe directamente del suyo; nuestros héroes y nuestros villanos,
nuestro humor, la lírica, la ética. Incluso nuestra concepción del hombre.
Pueblo de musas, de artistas, de filósofos, de grandes héroes, de dioses, de
reyes, de grandes tragedias y comedias, Platón de botellón en el mundo de las
ideas, Aristóteles aburrido en su término medio...
El resurgir de
todo esto, se da en el renacimiento. Los héroes y las musas aparecen en los
cuadros, las historias de tragedias griegas vuelven a ser contadas; la
mitología griega acapara la atención de los grandes artistas, absortos en su
descubrimiento, superando a sus antecesores: El David de Miguel Ángel, Las tres
Gracias de Rubens, Garcilaso de la Vega con su literatura o el Rapto de
Prosepina de Berninni... Y así persiguiendo a Perséfone, es como uno se siente
cuando llega a la exposición de Amondaraín, chocando contra un enorme muro que
grita GRECIA.
Ese muro como
una puerta abierta hacia el tártaro. A los lados las conchas como estatuas
ciegas y mudas de grandes figuras del pasado. Caminé todo recto, me acerqué a
ver los rostros que gritaban desde el infierno como la raquítica figura del
famoso cuadro de Munch. Desolado por su dimensión sobrenatural, casi sin darme
cuenta, me vi sentado en el suelo, sin fuerza, maravillado y horrorizado al
mismo tiempo, reflejo absoluto de una mente maravillosa “absolutamente
estupidizado”, qué fuertes eran esas palabras en ese momento. Por encima del
griterío de ideas y emociones del dantesco muro infernal, la voz de Perséfone
continuaba llamándome, impulsándome a seguir hacia delante.
Camino al
tártaro ¿por qué? Casi ya ni me acuerdo a donde iban mis pasos, confuso; el conejo
blanco, le muerdo la pata, sabe a otoño invernal. Primeras gotas de rocío.
Espejo, me río en su cara, en la mía, Chomsky en el espejo, susurro “el hombre
es un lobo para el hombre” contesta lentamente, con paciencia “¿puede dejar de
morderme la pierna?”, con un potente gañido respondo “Jamás”. Boqueo ahogado,
un pez sale de mi boca respirando.
¡Despierto!
¿Cuánto tiempo llevo así? , me volveré loco. “Fuimos enseñados a amar lo bello”
Asumimos lo bello como algo permanente, unido a través de un candado plateado
entre dos dimensiones gris y blanca. #Fake. ¿Como amar ahora lo bello?, lo
verdadero, ahora que todo es gris. Avanzo más. Vasija suspendida en la nada,
apoyada en la columna sin base. Dentro ambrosía, manjar de dioses, alrededor
polvo. Queda poco, casi puedo verla.
Sirenas de
piedra, con su engaño en los labios aun reflejado a mi izquierda, puedo leer
todas y cada uno de sus mentiras, grabadas en granito… Agotado me recuesto en
un enorme pilar de negro, “el negro conduce, refleja (¿o refracta?) el calor”.
La esencia de algo que quiero entender pero no puedo llegar ni a imaginar.
Escucho sus gritos, ya falta poco, estoy muy cerca. Mis pies se hunden en la
arena plateada, casi la he alcanzado, Perséfone, mi musa griega robada, pero ya
es tarde. La muerte enfrente, cara a cara. Sin palabras caigo al suelo y lloro
amargamente, ella me contempla con el horror estampado en su mirada, sin vida,
“muerte misma, misma muerte”.
La situación
es casi tan surrealista como mi crítica sobre la exposición de Amondarain. ¿Por
qué he escrito esto? , ¿Por qué no puedo atenerme a una lógica?
Contemporaneidad y antigüedad tal vez son lo mismo. Amondarain entiende la
verdad de Joyce “Hagámonos un favor, helenicemos el mundo” que transmitió a
través de su obra Ulises. Porque tal y como dijo Fernando Castro “Nos
enroscamos en todo lo dicho, en todo lo hecho, aunque no nos demos cuenta” y
esto nos guste o no, ha quedado claro.
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