jueves, 3 de octubre de 2013

PERSIGUIENDO A PERSÉFONE

Un nuevo renacimiento a través de “amar gana”

Alvaro Orosa Talarewitz

Todos los hombres somos contemporáneos de Homero. Puede que no nos demos cuenta, o que no queramos admitirlo, pero nuestro pasado nos condiciona, y más concretamente, nuestro pasado helénico. Su filosofía, su política, su lenguaje... su estética. Nuestro arte bebe directamente del suyo; nuestros héroes y nuestros villanos, nuestro humor, la lírica, la ética. Incluso nuestra concepción del hombre. Pueblo de musas, de artistas, de filósofos, de grandes héroes, de dioses, de reyes, de grandes tragedias y comedias, Platón de botellón en el mundo de las ideas, Aristóteles aburrido en su término medio...

El resurgir de todo esto, se da en el renacimiento. Los héroes y las musas aparecen en los cuadros, las historias de tragedias griegas vuelven a ser contadas; la mitología griega acapara la atención de los grandes artistas, absortos en su descubrimiento, superando a sus antecesores: El David de Miguel Ángel, Las tres Gracias de Rubens, Garcilaso de la Vega con su literatura o el Rapto de Prosepina de Berninni... Y así persiguiendo a Perséfone, es como uno se siente cuando llega a la exposición de Amondaraín, chocando contra un enorme muro que grita GRECIA.

Ese muro como una puerta abierta hacia el tártaro. A los lados las conchas como estatuas ciegas y mudas de grandes figuras del pasado. Caminé todo recto, me acerqué a ver los rostros que gritaban desde el infierno como la raquítica figura del famoso cuadro de Munch. Desolado por su dimensión sobrenatural, casi sin darme cuenta, me vi sentado en el suelo, sin fuerza, maravillado y horrorizado al mismo tiempo, reflejo absoluto de una mente maravillosa “absolutamente estupidizado”, qué fuertes eran esas palabras en ese momento. Por encima del griterío de ideas y emociones del dantesco muro infernal, la voz de Perséfone continuaba llamándome, impulsándome a seguir hacia delante.

Camino al tártaro ¿por qué? Casi ya ni me acuerdo a donde iban mis pasos, confuso; el conejo blanco, le muerdo la pata, sabe a otoño invernal. Primeras gotas de rocío. Espejo, me río en su cara, en la mía, Chomsky en el espejo, susurro “el hombre es un lobo para el hombre” contesta lentamente, con paciencia “¿puede dejar de morderme la pierna?”, con un potente gañido respondo “Jamás”. Boqueo ahogado, un pez sale de mi boca respirando.

¡Despierto! ¿Cuánto tiempo llevo así? , me volveré loco. “Fuimos enseñados a amar lo bello” Asumimos lo bello como algo permanente, unido a través de un candado plateado entre dos dimensiones gris y blanca. #Fake. ¿Como amar ahora lo bello?, lo verdadero, ahora que todo es gris. Avanzo más. Vasija suspendida en la nada, apoyada en la columna sin base. Dentro ambrosía, manjar de dioses, alrededor polvo. Queda poco, casi puedo verla.

Sirenas de piedra, con su engaño en los labios aun reflejado a mi izquierda, puedo leer todas y cada uno de sus mentiras, grabadas en granito… Agotado me recuesto en un enorme pilar de negro, “el negro conduce, refleja (¿o refracta?) el calor”. La esencia de algo que quiero entender pero no puedo llegar ni a imaginar. Escucho sus gritos, ya falta poco, estoy muy cerca. Mis pies se hunden en la arena plateada, casi la he alcanzado, Perséfone, mi musa griega robada, pero ya es tarde. La muerte enfrente, cara a cara. Sin palabras caigo al suelo y lloro amargamente, ella me contempla con el horror estampado en su mirada, sin vida, “muerte misma, misma muerte”.


La situación es casi tan surrealista como mi crítica sobre la exposición de Amondarain. ¿Por qué he escrito esto? , ¿Por qué no puedo atenerme a una lógica? Contemporaneidad y antigüedad tal vez son lo mismo. Amondarain entiende la verdad de Joyce “Hagámonos un favor, helenicemos el mundo” que transmitió a través de su obra Ulises. Porque tal y como dijo Fernando Castro “Nos enroscamos en todo lo dicho, en todo lo hecho, aunque no nos demos cuenta” y esto nos guste o no, ha quedado claro.

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