No, al placer
Por Yaiza González López
Gran
cantidad de escaleras y de estanterías dejan un rastro de humo ocupando Galicia,
lugar natal de Jorge Barbi, cuya exposición, Señales de humo, recogida en la Galería Barcelós nos abre una
puerta, no orientada en el espacio corpóreo y físico del establecimiento sino a
la misma vida gallega del autor.
Gran
cantidad de escaleras y de estanterías las cuales se encuentran totalmente
encajadas, todo mundo formará un gran engranaje el cual queda destruido, todo
es demasiado rápido y el engranaje no soporta ese grado de aceleración, roto en
pedazos ya sean de cobre, de madera o bien sean restos de aquello que un día
fue, pero que ahora Barbi haga que sea. Fotografía sobre la que los espectadores se cuestionan¿ esos pedazos
son arte? bajo la ignorancia de la pregunta se encuentra la ignorante respuesta,
no sabemos si es arte o no , pero si
sabemos que son fragmentos que forman parte del engranaje y por tanto, se
corresponden con un momento preciso del segundo que ocupa el minuto robado del
tic tac de Barbi. Tiempo no acabado, vida no concluida, obras no terminadas
pero fines en sí mismas ya que el arte
antes de ser arte es arte. Barbi nos abre su vida como cual Apolo introduce sus
rayos a través de la cueva rodeando lo lumínico todo engranaje, toda silla,
toda piedra siendo el mismo todo un fragmento de su tiempo y en sí de su vita,
autorretrato.
Una
vida movida por impulsos presentados como un niño el cual se distrae o más bien
contempla y sonríe una obra cómica, por el simple hecho de producir placer,
simples baratijas a las que muchos acuñarían como desperdicios, o incluso no
detendrán la caída de la arena para contemplarlas, Barbi con la ventaja de ver
con dichos ojos infantiles y detenerse y mirar lo verdaderamente importante de
los desperdicios, siendo no la misma capturación fotográfica sino que dichas
formas son edificadoras de momentos eternos, que forman parte de aquellos que
paran su reloj para contemplarlas, convirtiendo dichos momentos que surgieron a
partir del mismo placer implícito en momentos de la propia vida de aquellos que
como Barbi sienten placer con aquello que produce placer, no teniendo un trifaz
que mire al pasado presente y futuro, sino una única cara con ojos infantiles,
eternos como aquellos situados en los hieráticos espantapájaros.
Barbi
tira la piedra siguiendo esa mirada cómica e infantil como cual niño jugando a
la rayuela y en cuyo rostro contemplamos la incertidumbre del no saber si la
piedra aterrizará en el dos o en el seis, sensación igualitaria a esa primera
impresión de los desconocido, produciendo ese corto espacio de tiempo tanto en el niño como en el descubridor un
enorme placer, el mismo que queda desvanecido como cual humo donde llamas
ardieron. El placer se torna en arte, pero siendo el mismo reutilizable,
situándonos en la posición de la necesidad como aquella madera que constituirá
vida y como aquella cueva irresistente a la luz, dicha luz incluso se refleja en un espacio tan meramente físico
como puede ser unas" hierbas cortadas en una zona pantanosa" produciendo
su visión el mismo placer rápido del descubridor. Estableciendo el encuentro como un producto de
aquel que llamamos azar, volviendo el estado del hombre como un estado de
adicción movido por la curiosidad. Produciéndonos aquello que nos lleva a
pararnos ante donde hubo fuego, ya que
lo que queda "es y además de ser existe" refiriéndonos a ello como
cual buscador del Yeti que hace que el mismo exista, porque es buscado, "el
azar solo favorece a quien sabe cortejarlo".
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